Querida y amada Mónica en estos 6 meses que cumplimos ayer para mi han sido maravillosos siempre me entregas una sonrisa, tu incondicional apoyo y un verdadero amor que sé que es algo mutuo, te deseo lo mejor y sabes que cuentas conmigo en las buenas y en las malas, estás son algunas y sentimientos que te escribí y otros que transcribi con todo esto te quiero expresar mi amor irrestricto, un cariño verdadero y un agradecimiento por todo mi amor, te amo y te extraño.
Cuando amas de verdad el corazon se convierte en tu razon.
El amor es un santo perfume quien lo respira prefiere ahogarse antes que expulsarlo.
Amor es la razon de vivir y una vida sin amor no es vida.
Lo del exterior siempre llama la atención, lo del interior siempre llama al amor.
El amor es una sentimiento que no se puede ocultar, si no lo dice la boca lo dice el dulce mirar.
El amor no tiene definición, por que definir es limitar y el amor no tiene limites.
El amor es lo que te hace inolvidable y lo que ayuda a saber que estas vivo.
Cuando el amor es magico se llama destino.
Todos los hombres somos iguales, lo que nos hace diferentes es la mujer que elegimos.
El amor es lo mas deseado en la vida, el amor causa dolor pero en su momento alegria.Sin el no podemos vivir y con el no sabemos vivir pero al final de todo, el amor es nuestra razon de existir.
El amor es un sentimiento que nunca se puede olvidar y cuando lo llevas dentro jamas lo podras sacar.
Decir te amo son palabras que se las lleva el viento, demostrar que amas a alguien eso es lo que nunca se olvida y lo que mas vale.
El amor es el único estimulo de la vida.
Los amores son como los niños recien nacidos, hasta que no lloran no se sabe si vive.
El amor aveces te engaña, te desafia y te miente, pero todo eso te lleva darte cuenta que sin el no podrias vivir.
El amor es como un ser vivo, si no lo alimentas acaba muriéndose.
Las lagrimas son la ultima sonrisa del amor.
En una mirada se puede regalar el mar y en un beso el infinito.
miércoles, 21 de julio de 2010
lunes, 12 de julio de 2010
La élite y el caso Prats
Lo más relevante de la sentencia que puso término al juicio por el asesinato del general Prats no es la condena por homicidio. Ninguno dudaba de la autoría de ese crimen. Así que eso no es lo más notorio.
Lo más notorio es la condena por asociación ilícita.
La Corte Suprema consideró que Contreras y otros miembros del Ejército se asociaron para silenciar, mediante la ejecución de delitos, a los opositores, reales o supuestos, de la dictadura con el fin de evitar que tambaleara.
Nada menos.
La sentencia de la Corte equivale a mirar a la dictadura de Pinochet y reconocer que se sostuvo echando mano al crimen. Desde temprano, y al abrigo de las estructuras del Ejército, con sus uniformes y sus jerarquías, se organizó una pandilla de maleantes para acechar primero y matar después a quienes, como el general Prats, se les antojaba pudieran oponerse al régimen.
La declaración de la Corte Suprema desmiente así una de las coartadas más recurrentes entre los partidarios de la dictadura: que se trató de excesos, que un conjunto de funcionarios, por propia iniciativa, y en medio del desorden de esos años, acabó traspasando los límites.
No era así.
Ahora sabemos -lo declara la Corte- que cuando, convertidos en despojos humeantes, Prats y su mujer saltaron por los aires, ya había una estructura que se había asociado para, mediante el crimen, consolidar al régimen. Esa asociación ilícita -relata la Corte- operó desde fines de 1973 y "planeó la eliminación física del General Prats porque resultaba peligroso según su visión para la permanencia del Gobierno Militar en Chile".
En otras palabras, el régimen nació provisto de una estructura criminal que, desde muy temprano, poseyó reglas, rutinas, espíritu de cuerpo y un amplio acceso al Estado que le permitió actuar hasta mucho tiempo después del crimen de Prats, con casi total impunidad. Allí donde se decía que no había más que excesos, hubo -en cambio- una cuidada planificación.
¿Qué pudo ocurrir para que en medio de la sociedad chilena una partida de criminales como esa pudiera prosperar en las sombras, cometer una y otra vez crímenes, pasearse por aquí y por allá, y ni la prensa ni los tribunales ni casi nadie, durante más de una década, dijera nada que fuera siquiera parecido a una alarma o una denuncia?
La ignorancia que muchos alegan no es plausible. Quienes pertenecían a la élite de derecha de esos años, a los grupos de mayor acceso cultural y social, y para qué decir la prensa, los intelectuales y los propios militares, pudieron perfectamente enterarse. La Iglesia Católica -que en esa época se inspiraba en la parábola del buen samaritano- lo sabía todo y lo denunciaba a los cuatro vientos.
No fue entonces la ignorancia lo que les impidió ser críticos e indignarse.
Sólo queda como explicación la connivencia o la cobardía.
Y de esas dos explicaciones una es vergonzosa -la cobardía-, pero la más problemática es la connivencia. Los sectores que entonces pertenecían a la élite -a esas minorías que acceden a los bienes escasos del prestigio y del poder- toleraban esos crímenes porque, para sus adentros, lo consideraban el precio indispensable a pagar por el orden y la modernización. Por eso huían de las parroquias que denunciaban los abusos y preferían el sosiego de las iglesias más intimistas; aplaudían los logros económicos del régimen y hacían la vista gorda con todo lo demás.
La Corte Suprema acaba de condenar a los asesinos del general Prats, y la justicia debe estimarse cumplida. Pero sigue pendiente un asunto que ninguna declaración o ceremonia puede apagar, una pregunta que no se relaciona con la justicia, sino con la calidad de nuestra vida ética: ¿por qué en esos años la élite no estuvo a la altura de los ideales morales que suele declarar? ¿Por qué la tradición que le gusta cultivar no le evitó la cobardía?
Porque lo que la sentencia de la Corte vino, para nuestra desgracia, a recordarnos, es eso: que nuestra historia política se pareció, durante muchos años, a una partida entre criminales, connivientes y cobardes.
Lo más notorio es la condena por asociación ilícita.
La Corte Suprema consideró que Contreras y otros miembros del Ejército se asociaron para silenciar, mediante la ejecución de delitos, a los opositores, reales o supuestos, de la dictadura con el fin de evitar que tambaleara.
Nada menos.
La sentencia de la Corte equivale a mirar a la dictadura de Pinochet y reconocer que se sostuvo echando mano al crimen. Desde temprano, y al abrigo de las estructuras del Ejército, con sus uniformes y sus jerarquías, se organizó una pandilla de maleantes para acechar primero y matar después a quienes, como el general Prats, se les antojaba pudieran oponerse al régimen.
La declaración de la Corte Suprema desmiente así una de las coartadas más recurrentes entre los partidarios de la dictadura: que se trató de excesos, que un conjunto de funcionarios, por propia iniciativa, y en medio del desorden de esos años, acabó traspasando los límites.
No era así.
Ahora sabemos -lo declara la Corte- que cuando, convertidos en despojos humeantes, Prats y su mujer saltaron por los aires, ya había una estructura que se había asociado para, mediante el crimen, consolidar al régimen. Esa asociación ilícita -relata la Corte- operó desde fines de 1973 y "planeó la eliminación física del General Prats porque resultaba peligroso según su visión para la permanencia del Gobierno Militar en Chile".
En otras palabras, el régimen nació provisto de una estructura criminal que, desde muy temprano, poseyó reglas, rutinas, espíritu de cuerpo y un amplio acceso al Estado que le permitió actuar hasta mucho tiempo después del crimen de Prats, con casi total impunidad. Allí donde se decía que no había más que excesos, hubo -en cambio- una cuidada planificación.
¿Qué pudo ocurrir para que en medio de la sociedad chilena una partida de criminales como esa pudiera prosperar en las sombras, cometer una y otra vez crímenes, pasearse por aquí y por allá, y ni la prensa ni los tribunales ni casi nadie, durante más de una década, dijera nada que fuera siquiera parecido a una alarma o una denuncia?
La ignorancia que muchos alegan no es plausible. Quienes pertenecían a la élite de derecha de esos años, a los grupos de mayor acceso cultural y social, y para qué decir la prensa, los intelectuales y los propios militares, pudieron perfectamente enterarse. La Iglesia Católica -que en esa época se inspiraba en la parábola del buen samaritano- lo sabía todo y lo denunciaba a los cuatro vientos.
No fue entonces la ignorancia lo que les impidió ser críticos e indignarse.
Sólo queda como explicación la connivencia o la cobardía.
Y de esas dos explicaciones una es vergonzosa -la cobardía-, pero la más problemática es la connivencia. Los sectores que entonces pertenecían a la élite -a esas minorías que acceden a los bienes escasos del prestigio y del poder- toleraban esos crímenes porque, para sus adentros, lo consideraban el precio indispensable a pagar por el orden y la modernización. Por eso huían de las parroquias que denunciaban los abusos y preferían el sosiego de las iglesias más intimistas; aplaudían los logros económicos del régimen y hacían la vista gorda con todo lo demás.
La Corte Suprema acaba de condenar a los asesinos del general Prats, y la justicia debe estimarse cumplida. Pero sigue pendiente un asunto que ninguna declaración o ceremonia puede apagar, una pregunta que no se relaciona con la justicia, sino con la calidad de nuestra vida ética: ¿por qué en esos años la élite no estuvo a la altura de los ideales morales que suele declarar? ¿Por qué la tradición que le gusta cultivar no le evitó la cobardía?
Porque lo que la sentencia de la Corte vino, para nuestra desgracia, a recordarnos, es eso: que nuestra historia política se pareció, durante muchos años, a una partida entre criminales, connivientes y cobardes.
Ser democratacristiano hoy
¿Habrá algún DC que no reconozca que su partido vive hoy momentos muy difíciles? Y, claro, no se trata del Padena o de la API, sino de una de las colectividades más relevantes en la historia de Chile en los últimos 70 años, por lo que es toda la política chilena la afectada.
Derrotado su reciente candidato presidencial; descolocada su dirigencia concertacionista por el progresismo ilimitado de sus socios; desanimadas sus bases por la indefinición de sus dirigentes, todo le tiembla, más allá de una exitosa elección de senadores. Una triple D —derrota, descolocación y desánimo— inunda la conciencia democratacristiana. Es cierto que ese órgano clave —que hace de válvula de seguridad en la vida personal y colectiva— hace ya años que en la DC no funciona como debe, pero también es efectivo que los viejos falangistas todavía se preguntan cómo es posible que haya sucedido todo lo que les pasó; se interrogan sobre tantas cosas mal hechas y apenas encuentran respuestas.
“La defensa del hombre amenazado en su realidad espiritual antes que en las estructuras más exteriores, y la defensa de ciertos valores universales es la tarea urgente”, afirmaba un autor. Y otro añadía: “Los acontecimientos de la política nacional, las nuevas orientaciones del pensamiento católico, las directivas pontificias y otras causas contribuyeron a formar una generación juvenil de acusados perfiles propios, que encerraba valores indiscutibles y manifestaba definida personalidad, dentro de amplia y consistente homogeneidad”.
Eso fue la DC originalmente: convicciones fuertes, junto a organización y mística, para defenderlas y promoverlas. Son citas que los viejos falangistas reconocen de inmediato y a las que adhieren con reverencia. Pero son sentencias que los actuales DC —en su mayoría, buenas personas— consideran quizás algo ñoñas o beatas.
Si aún las valoraran, de ninguna manera la Democracia Cristiana exhibiría una confusión tan grande sobre qué es la persona humana y qué implica proteger su dignidad y su trascendencia.
Porque el principal error de la DC actual no está en sus concepciones estatistas, ni en su desmesurado democratismo, ni en algunas de sus fórmulas económicas fracasadas, sino en la manera gelatinosa en que el partido conceptualiza sobre el ser humano.
Y si tuvieran en cuenta aquellas antiguas afirmaciones, no temerían asumir un camino propio, depurado del mesianismo de los 60, pero fuerte en perfiles bien diferenciados. Por el contrario, hoy la DC aparece en tantas materias simplemente como otro PPD, sólo que disfrazado con ropajes algo clericales cuando la amenaza progresista toca a degüello.
Finalmente, si consideraran aquellas frases como vigentes, no habrían facilitado la presencia en el Congreso —sí, en listas comunes— de quienes niegan todos y cada uno de los presupuestos cristianos del orden social y, de paso, han combatido con energía a los propios falangistas desde su origen, allá por fines de los años 30. Pero lo que les espera es todavía peor si no reaccionan: rendirse a una alianza aún más amplia con las izquierdas, con ese PC presente y creciente, bien amparado en sus variados socios.
(Por cierto, las citas referidas corresponden a Eduardo Frei Montalva y a Alejandro Silva Bascuñán, respectivamente).
Lo que haga la DC —podría pensar alguien— es problema de ella. No: ciertamente, puede ser problema y drama para Chile y, en especial, para la UDI y su necesidad de aprender de los errores falangistas.
Desgraciadamente, siempre cabe la posibilidad de que clame algún democratacristiano: ¡Que no nos vengan a dar lecciones desde fuera!
¿Y de dónde si no?
Derrotado su reciente candidato presidencial; descolocada su dirigencia concertacionista por el progresismo ilimitado de sus socios; desanimadas sus bases por la indefinición de sus dirigentes, todo le tiembla, más allá de una exitosa elección de senadores. Una triple D —derrota, descolocación y desánimo— inunda la conciencia democratacristiana. Es cierto que ese órgano clave —que hace de válvula de seguridad en la vida personal y colectiva— hace ya años que en la DC no funciona como debe, pero también es efectivo que los viejos falangistas todavía se preguntan cómo es posible que haya sucedido todo lo que les pasó; se interrogan sobre tantas cosas mal hechas y apenas encuentran respuestas.
“La defensa del hombre amenazado en su realidad espiritual antes que en las estructuras más exteriores, y la defensa de ciertos valores universales es la tarea urgente”, afirmaba un autor. Y otro añadía: “Los acontecimientos de la política nacional, las nuevas orientaciones del pensamiento católico, las directivas pontificias y otras causas contribuyeron a formar una generación juvenil de acusados perfiles propios, que encerraba valores indiscutibles y manifestaba definida personalidad, dentro de amplia y consistente homogeneidad”.
Eso fue la DC originalmente: convicciones fuertes, junto a organización y mística, para defenderlas y promoverlas. Son citas que los viejos falangistas reconocen de inmediato y a las que adhieren con reverencia. Pero son sentencias que los actuales DC —en su mayoría, buenas personas— consideran quizás algo ñoñas o beatas.
Si aún las valoraran, de ninguna manera la Democracia Cristiana exhibiría una confusión tan grande sobre qué es la persona humana y qué implica proteger su dignidad y su trascendencia.
Porque el principal error de la DC actual no está en sus concepciones estatistas, ni en su desmesurado democratismo, ni en algunas de sus fórmulas económicas fracasadas, sino en la manera gelatinosa en que el partido conceptualiza sobre el ser humano.
Y si tuvieran en cuenta aquellas antiguas afirmaciones, no temerían asumir un camino propio, depurado del mesianismo de los 60, pero fuerte en perfiles bien diferenciados. Por el contrario, hoy la DC aparece en tantas materias simplemente como otro PPD, sólo que disfrazado con ropajes algo clericales cuando la amenaza progresista toca a degüello.
Finalmente, si consideraran aquellas frases como vigentes, no habrían facilitado la presencia en el Congreso —sí, en listas comunes— de quienes niegan todos y cada uno de los presupuestos cristianos del orden social y, de paso, han combatido con energía a los propios falangistas desde su origen, allá por fines de los años 30. Pero lo que les espera es todavía peor si no reaccionan: rendirse a una alianza aún más amplia con las izquierdas, con ese PC presente y creciente, bien amparado en sus variados socios.
(Por cierto, las citas referidas corresponden a Eduardo Frei Montalva y a Alejandro Silva Bascuñán, respectivamente).
Lo que haga la DC —podría pensar alguien— es problema de ella. No: ciertamente, puede ser problema y drama para Chile y, en especial, para la UDI y su necesidad de aprender de los errores falangistas.
Desgraciadamente, siempre cabe la posibilidad de que clame algún democratacristiano: ¡Que no nos vengan a dar lecciones desde fuera!
¿Y de dónde si no?
miércoles, 7 de julio de 2010
Las señales del sorprendente Imacec
La forma que ha adquirido la expansión del PIB ha puesto en un lugar destacado del debate la reacción del Banco Central en términos de tasa de interés.
Sorprendiendo al mercado y las autoridades económicas, el Índice Mensual de Actividad Económica (Imacec) correspondiente a mayo marcó un incremento de 7,1%. Se trata de la cifra más pronunciada desde junio de 2005, ocasión en que avanzó 7,2%. El dato hizo que los analistas subieran de inmediato sus proyecciones para el año, estableciendo un consenso en torno a 4,8%, esto es tres décimas por encima de lo que habían anticipado previamente. Mientras el Ministerio de Hacienda estima que el PIB se expandirá en 4,5%, el Banco Central ha preferido moverse en el rango entre 4% y 5%.
La interpretación general tras el guarismo de mayo apunta consistentemente a que se han superado los efectos negativos del terremoto del 27 de febrero (en marzo se registró una caída de -2,9%) y también parece haber quedado atrás el impacto de la crisis subprime que estalló en 2008 y que condujo a una contracción de 1,5% en el Producto en 2009.
Aunque casi todos los rubros experimentaron alzas, es claro que la locomotora del crecimiento después del 27-F ha sido el consumo. Los números en este sentido son reveladores: la variación anual del sector es de 19,1%. Desde luego la venta de bienes durables, como la electrónica asociada al Mundial y la renovación de automóviles, explica en significativa medida el salto del comercio. De hecho, las estimaciones para el próximo mes son más moderadas, precisamente porque el dinamismo de la demanda tendería a reducirse.
En este contexto, también se ha subrayado como indicio positivo la expansión de la industria, que crece después de un período flojo, si bien el rango -así como el de la construcción, la pesca y la agricultura- se sitúa todavía por debajo de lo que ha ocurrido con el comercio, transporte y comunicaciones y servicios.
La forma que ha adquirido la expansión del PIB en mayo desde luego ha puesto en un lugar destacado del debate la reacción del Banco Central en términos de su política monetaria. En torno a esto hay un punto de acuerdo: que el instituto emisor continuará normalizando la tasa de interés y que en julio la reajustará a lo menos en 50 puntos base dejándola en 1,5%. No obstante, los especialistas también creen que el precio del dinero mantendrá un perfil expansivo por lo menos hasta entrado 2011.
En este ámbito el ex presidente del BC Vittorio Corbo postuló ayer que el riesgo para los próximos meses es el de sobrecalentamiento de la economía, lo que exige medidas de contención de la autoridad. Cabe mencionar que incluso hay analistas que observan que la inflación podría superar el techo de la meta que se ha fijado el Central. A pesar de las prevenciones que se han manifestado en diversos niveles de análisis -el propio titular de Hacienda ha recomendado prudencia con las expectativas y además persiste la incertidumbre en el escenario internacional por la debilidad en Europa y la recuperación imprecisa en EEUU-, la cifra de crecimiento del Imacec constituye una muestra de consolidación de la reactivación y de confianza de las personas en la evolución de la economía.
Sorprendiendo al mercado y las autoridades económicas, el Índice Mensual de Actividad Económica (Imacec) correspondiente a mayo marcó un incremento de 7,1%. Se trata de la cifra más pronunciada desde junio de 2005, ocasión en que avanzó 7,2%. El dato hizo que los analistas subieran de inmediato sus proyecciones para el año, estableciendo un consenso en torno a 4,8%, esto es tres décimas por encima de lo que habían anticipado previamente. Mientras el Ministerio de Hacienda estima que el PIB se expandirá en 4,5%, el Banco Central ha preferido moverse en el rango entre 4% y 5%.
La interpretación general tras el guarismo de mayo apunta consistentemente a que se han superado los efectos negativos del terremoto del 27 de febrero (en marzo se registró una caída de -2,9%) y también parece haber quedado atrás el impacto de la crisis subprime que estalló en 2008 y que condujo a una contracción de 1,5% en el Producto en 2009.
Aunque casi todos los rubros experimentaron alzas, es claro que la locomotora del crecimiento después del 27-F ha sido el consumo. Los números en este sentido son reveladores: la variación anual del sector es de 19,1%. Desde luego la venta de bienes durables, como la electrónica asociada al Mundial y la renovación de automóviles, explica en significativa medida el salto del comercio. De hecho, las estimaciones para el próximo mes son más moderadas, precisamente porque el dinamismo de la demanda tendería a reducirse.
En este contexto, también se ha subrayado como indicio positivo la expansión de la industria, que crece después de un período flojo, si bien el rango -así como el de la construcción, la pesca y la agricultura- se sitúa todavía por debajo de lo que ha ocurrido con el comercio, transporte y comunicaciones y servicios.
La forma que ha adquirido la expansión del PIB en mayo desde luego ha puesto en un lugar destacado del debate la reacción del Banco Central en términos de su política monetaria. En torno a esto hay un punto de acuerdo: que el instituto emisor continuará normalizando la tasa de interés y que en julio la reajustará a lo menos en 50 puntos base dejándola en 1,5%. No obstante, los especialistas también creen que el precio del dinero mantendrá un perfil expansivo por lo menos hasta entrado 2011.
En este ámbito el ex presidente del BC Vittorio Corbo postuló ayer que el riesgo para los próximos meses es el de sobrecalentamiento de la economía, lo que exige medidas de contención de la autoridad. Cabe mencionar que incluso hay analistas que observan que la inflación podría superar el techo de la meta que se ha fijado el Central. A pesar de las prevenciones que se han manifestado en diversos niveles de análisis -el propio titular de Hacienda ha recomendado prudencia con las expectativas y además persiste la incertidumbre en el escenario internacional por la debilidad en Europa y la recuperación imprecisa en EEUU-, la cifra de crecimiento del Imacec constituye una muestra de consolidación de la reactivación y de confianza de las personas en la evolución de la economía.
martes, 6 de julio de 2010
Calidad del periodismo
Es sabido que la libre expresión es la madre de las libertades en una sociedad democrática. Se sabe también que los medios de comunicación de masas son el vehículo privilegiado para ejercer dicha libertad. Por tanto, es esencial, para la salud de la sociedad moderna, que los medios publiquen debidamente informaciones, opiniones e ideas (además, naturalmente, de tener espacio para el entretenimiento y la publicidad).
¿Debidamente? ¿Quiere decir esto que la prensa debe ser veraz? Por supuesto, es altamente deseable que lo sea, pero ello no se puede imponer por ley. Antaño, un viejo profesor nos explicaba que es posible transitar, en sólo dos pasos conceptuales, todo el trecho que separa la libertad de la peor censura. Punto de partida: "¡Viva la libertad de expresión!". Paso 1: "La libertad, claro está, al servicio de la verdad". Paso 2: "La verdad, desde luego, calificada por la autoridad".
Las falsedades sobre hechos que nos atañen personalmente, deben ser, por cierto, reparables. Una persona erróneamente aludida, tiene derecho a rectificación o respuesta en el mismo medio.
El punto es el de la verdad sobre noticias de interés público y, más importante aún, sobre la interpretación de éstas. Acerca de ello no es posible imponer un estándar determinado. La única solución consiste en que haya acceso a tantos y tan diversos medios de comunicación, que los lectores, auditores o televidentes puedan formarse su propia opinión. Además, tal diversidad fuerza a los medios a auto-regularse; de lo contrario perderían credibilidad y público (y, como consecuencia, viabilidad económica).
Otro punto crucial es el del respeto a ciertos estándares básicos, por parte de los profesionales de la prensa. Naturalmente, los medios de comunicación tienen su orientación editorial. Por ejemplo, todo el mundo informado sabe que el New York Times es liberal y el Wall Street Journal, conservador; y que Le Monde Diplomatique en español está más a la izquierda que su versión en francés. Lo medular no es que tengan una línea determinada; el problema se presenta cuando esa línea influye también en aspectos más netamente técnicos o profesionales como los titulares, la forma de presentar las estadísticas, la compaginación, la selección de las fotos…
Y acerca de esto ¿cómo andamos por casa? En la prensa escrita chilena, como se sabe, hay un duopolio. Esto genera una cierta variedad y competencia, pero muy insuficiente. En la Televisión abierta, existen unos cuántos canales. Sólo en la radio es posible hallar más diversidad; o bien en los todavía incipientes (aunque velozmente cambiantes) medios digitales.
En un medio masivo no puede pretenderse que cada periodista tenga plena autonomía editorial. Sin embargo, en los mejores periódicos de países con larga tradición democrática, es común que la dirección del diario, esto es, la planta profesional, sea bastante autónoma respecto de sus dueños. Por supuesto, éstos designarán a un director más o menos afín con su propia línea política, ideológica o valórica. Pero los propietarios no intervienen en el día a día del trabajo periodístico. Tal autonomía relativa es bastante desconocida en los diarios chilenos, aunque en alguno se comience a insinuar más que en otro.
Tanto o más grave es la manipulación de la presentación de las noticias, de acuerdo a las preferencias políticas del medio. Un solo botón de muestra: Bajo la presidencia anterior, cierto día, un importante diario santiaguino dedicó su titular de portada al hecho que un enfermo mental había quemado una imagen religiosa en la catedral. En la misma edición se consignaba, en páginas interiores, la noticia de una redada policial que condujo a la captura de centenares de delincuentes. Si estos sucesos se hubiesen producido hoy en día ¿cuál habría sido el principal titular?
¿Debidamente? ¿Quiere decir esto que la prensa debe ser veraz? Por supuesto, es altamente deseable que lo sea, pero ello no se puede imponer por ley. Antaño, un viejo profesor nos explicaba que es posible transitar, en sólo dos pasos conceptuales, todo el trecho que separa la libertad de la peor censura. Punto de partida: "¡Viva la libertad de expresión!". Paso 1: "La libertad, claro está, al servicio de la verdad". Paso 2: "La verdad, desde luego, calificada por la autoridad".
Las falsedades sobre hechos que nos atañen personalmente, deben ser, por cierto, reparables. Una persona erróneamente aludida, tiene derecho a rectificación o respuesta en el mismo medio.
El punto es el de la verdad sobre noticias de interés público y, más importante aún, sobre la interpretación de éstas. Acerca de ello no es posible imponer un estándar determinado. La única solución consiste en que haya acceso a tantos y tan diversos medios de comunicación, que los lectores, auditores o televidentes puedan formarse su propia opinión. Además, tal diversidad fuerza a los medios a auto-regularse; de lo contrario perderían credibilidad y público (y, como consecuencia, viabilidad económica).
Otro punto crucial es el del respeto a ciertos estándares básicos, por parte de los profesionales de la prensa. Naturalmente, los medios de comunicación tienen su orientación editorial. Por ejemplo, todo el mundo informado sabe que el New York Times es liberal y el Wall Street Journal, conservador; y que Le Monde Diplomatique en español está más a la izquierda que su versión en francés. Lo medular no es que tengan una línea determinada; el problema se presenta cuando esa línea influye también en aspectos más netamente técnicos o profesionales como los titulares, la forma de presentar las estadísticas, la compaginación, la selección de las fotos…
Y acerca de esto ¿cómo andamos por casa? En la prensa escrita chilena, como se sabe, hay un duopolio. Esto genera una cierta variedad y competencia, pero muy insuficiente. En la Televisión abierta, existen unos cuántos canales. Sólo en la radio es posible hallar más diversidad; o bien en los todavía incipientes (aunque velozmente cambiantes) medios digitales.
En un medio masivo no puede pretenderse que cada periodista tenga plena autonomía editorial. Sin embargo, en los mejores periódicos de países con larga tradición democrática, es común que la dirección del diario, esto es, la planta profesional, sea bastante autónoma respecto de sus dueños. Por supuesto, éstos designarán a un director más o menos afín con su propia línea política, ideológica o valórica. Pero los propietarios no intervienen en el día a día del trabajo periodístico. Tal autonomía relativa es bastante desconocida en los diarios chilenos, aunque en alguno se comience a insinuar más que en otro.
Tanto o más grave es la manipulación de la presentación de las noticias, de acuerdo a las preferencias políticas del medio. Un solo botón de muestra: Bajo la presidencia anterior, cierto día, un importante diario santiaguino dedicó su titular de portada al hecho que un enfermo mental había quemado una imagen religiosa en la catedral. En la misma edición se consignaba, en páginas interiores, la noticia de una redada policial que condujo a la captura de centenares de delincuentes. Si estos sucesos se hubiesen producido hoy en día ¿cuál habría sido el principal titular?
lunes, 5 de julio de 2010
La universidad pública en gavetas oxidadas: de olvido y desigualdad
TAGS: educación educación pública política educativa desigualdad universidad
"Se ha vuelto evidente que el poder real es el poder económico.
Tú no eliges a la administración de Coca Cola o de General Motors"
(José Saramago)
No fue coincidencia. Un día antes del 18 de septiembre de 1843 Andrés Bello, el ilustre venezolano, unía la celebración nacional y la inauguración de la primera universidad de nuestra naciente república. El entusiasmo libertario y el papel fundamental a jugar por la Universidad de Chile se fusionaron en los salones que fueron testigos del discurso: “La universidad, señores, no sería digna de ocupar un lugar en nuestras instituciones sociales, si (como murmuran algunos ecos oscuros de declamaciones antiguas) el cultivo de las ciencias y de las letras pudiese mirarse como peligroso bajo un punto de vista moral, o bajo un punto de vista político” (Discurso de inaugural de la Universidad de Chile de Andrés Bello, 17 de septiembre 1843). Esa universidad pretendida por Bello, era definida como un “Cuerpo expansivo y propagador de las ciencias y las letras”, donde “el arte era la regla de la imaginación”, donde “las Facultades eran un sistema integrado”, y donde existía un rol esencial a cumplir para apoyar la educación elemental. La idea de “producción” hace 170 años atrás estaba enraizada en la convicción de que la razón podía iluminar las sendas de la construcción de la Patria, y podía cautelarnos de no caer en un empirismo ciego. Pero como bien describiría nuestro José Saramago… la ceguera se ha propagado como la peste, y la historia no es más que archivos guardados en gavetas oxidadas.
Pero recordar es una responsabilidad. Hace 28 años comienza en Chile una de las más grandes reformas educacionales de su historia, interrumpiendo los avances notables de la educación chilena acumulados durante el siglo XX, que la habían llevado tempranamente -en relación con nuestros países vecinos- a superar el analfabetismo, promoviendo activamente el acceso a todos los niveles educativos (incluido el terciario). El rol del Estado de Chile era crucial y había logrado vencer a los sectores conservadores que afirmaban que la educación era una responsabilidad única de los padres y que el Estado (calificado de socialista por estos sectores a principios del siglo XX) “no podía obligar a estos padres a enviar a sus hijos a la escuela”. Así, nuestro sistema educativo logró posicionarse como un ejemplo en América, con crecientes niveles de justicia.
Grandes pedagogas y pedagogos nacionales eran invitados a participar de las diversas reformas educativas de nuestro Continente. Las universidades chilenas llegaron al punto de comenzar a comprender que el desarrollo del país implicaba asumir la diversidad de necesidades regionales, y es así como comienzan hacia los años 50-60 a crear sus sedes. La Universidad de Chile y la Universidad Técnica del Estado se hicieron presentes a lo largo de nuestra geografía.
Sin embargo, la reforma de la dictadura militar (1973-1990) recuperó la marginal propuesta neoliberal de los Chicago Boys de los años 60. El sistema universitario chileno comienza a ser desmontado, en un movimiento que no se detiene hasta hoy. Se violaron los derechos humanos del cuerpo docente, administrativo y estudiantil; se cerraron facultades; se quitaron las sedes regionales de las dos universidades mencionadas; se separó el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile; se disminuyó dramáticamente el aporte fiscal a las universidades, lo cual nos tiene hasta hoy entre los países de menor inversión pública; y comenzaron luego, a fundarse las nuevas universidades privadas, las que comienzan también a percibir recursos públicos.
Toda esta digresión es sólo para decir que los “soviets”, como llaman algunos a las universidades estatales, han sufrido una represión y unas restricciones históricas desde hace más de 30 años, y que, a pesar de ello, siguen mostrando mejores resultados que aquellas instituciones privadas, a las cuales se les ofreció gratuitamente un mercado donde desarrollar la ideología de la “educación-mercancía”.
La crítica contra las universidades estatales apunta a que ellas serían burocráticas, no toman riesgos, son ineficientes, presentan irregularidades, favorecen el surgimiento de nichos de poder, “autogeneran a sus autoridades” -creo que esta observación se dirige a la gestión democrática que muestran algunas de nuestras universidades estatales, lo cual es confundido con clientelismo-. A excepción de la última crítica, las demás me parece que no caracterizan a las universidades estatales… o al menos no en términos exclusivos. De hecho, se cita persistentemente a la UTEM como caso único que justificaría una “igualdad de trato”, el financiamiento vía concursos, un sistema único de créditos y becas, y la desaparición de BecasChile –como si estas fuesen los exclusivos ámbitos de discusión-.
Si las universidades estatales son “soviets”, la imagen de las universidades privadas podría ser la de “supermercados” –con adverbios o adjetivos variables: híper, vecino, mega, mini-. En Brasil se habla directamente de las universidades “malls”. Los críticos de las universidades estatales olvidan la desaparición forzosa de las universidades (¿?) Real y San Andrés, o los casos de “desórdenes” institucionales de la UNIACC, ARCIS, Santo Tomás y La República. La universidad privada en Chile es gestionada por juntas de accionistas y regida por el cortoplacista lucro, lo que ha significado que su aporte en investigación de punta sea escaso.
Probablemente cuando Gonzalo Rojas, no el poeta, plantea en El Mercurio que todas las universidades son públicas (porque se publicitan públicamente), está pensando en las páginas 65 y 66 del Informe de la Educación Superior en Chile (2009) de la OCDE, donde se “aconseja” a Chile lo siguiente: revisar la división tradicional entre universidades del CRUCH y otras universidades; aplicar los mismos criterios de préstamos sin importar en qué institución se matriculará el alumno; introducir formas blandas de regulación e incentivos para estimular a las instituciones autónomas a participar totalmente en el control de calidad; que el Ministerio deje de lado la lista oficial de las profesiones con títulos exclusivos universitarios, que son monopolio de las universidades. Este informe resulta de particular interés, ya que plantea genéricamente que Chile debería adaptar la formación universitaria –y terciaria en general- a las necesidades productivas del país. Pero ¿cuáles son estas necesidades?, la respuesta está en las páginas 20 y 21, donde se señala que nuestros productos son: cobre, salmón, fruta, vino y otros minerales, lo que es corroborado por el Presidente cuando señala que Chile debe convertirse en una potencia “agroalimentaria”.
La pregunta obvia es: ¿para qué queremos a las universidades?, si claramente carreras como filosofía, teatro o arquitectura nos parecen lejanas a la producción de manzanas. Desde esta óptica el partidario de la metáfora de los soviets tendría razón, esas formaciones son inútiles a nuestro modelo capitalista periférico.
No obstante, el proyecto universitario de Andrés Bello excede (o debiese exceder) la ceguera empirista. En este sentido no tenemos “un consenso técnico” –como algunos sostienen- ni político, las universidades estatales no están regidas (aún, o no masivamente) por la lógica de los empresarios de la educación que buscan indicadores de productividad o desempeño para el homus academicus. Chile se acostumbra peligrosamente al modo empresarial de conducción de la sociedad… el silencio, la lectura, la investigación, la memoria, la conversación, el ocio: ¡producen realidades!, y estas experiencias no se pueden medir estandarizadamente.
Las líneas de desarrollo de largo plazo de las universidades estatales están seriamente amenazadas en su autonomía al tener que vender su investigación a la empresa privada, dejando de lado el interés social del 90% de los chilenos/as que no trabaja en las grandes firmas. Este modelo de universidad que compite sólo favorece nuestra subordinación al conocimiento emergente del hemisferio norte.
El documento de la OCDE divorcia sus consejos de su diagnóstico. Prefiero las primeras 50 páginas del informe que hablan de la enorme desigualdad de Chile, que nos mantiene como el 9° país con mayor desigualdad en el mundo (OCDE, 2009), donde “La desigualdad es más visible y más difícil de cambiar en el corto plazo, porque los ciudadanos chilenos tradicionalmente han pagado los servicios básicos para el hogar mientras que en otros países de la OCDE son financiados con fondos públicos y están disponibles para todos” (OCDE, 2009: p. 21). Los chilenos pagan aranceles en la educación superior de un 30% del ingreso per cápita, tres veces más alto que en los Estados Unidos, Australia o Japón, mientras las becas cubren sólo entre el 63 y 70% del costo real de los aranceles.
Es éste el desafío de Chile. Aquí es donde necesitamos conocimientos autóctonos, producidos por grandes y fuertes universidades estatales. Nuestro proyecto de Estado sería entonces la generación de una alternativa de crecimiento humano sostenible desde dentro. Difícilmente la OCDE, el Banco Mundial, la Escuela de Chicago o la Escuela Austriaca de Economía nos darán la respuesta.
"Se ha vuelto evidente que el poder real es el poder económico.
Tú no eliges a la administración de Coca Cola o de General Motors"
(José Saramago)
No fue coincidencia. Un día antes del 18 de septiembre de 1843 Andrés Bello, el ilustre venezolano, unía la celebración nacional y la inauguración de la primera universidad de nuestra naciente república. El entusiasmo libertario y el papel fundamental a jugar por la Universidad de Chile se fusionaron en los salones que fueron testigos del discurso: “La universidad, señores, no sería digna de ocupar un lugar en nuestras instituciones sociales, si (como murmuran algunos ecos oscuros de declamaciones antiguas) el cultivo de las ciencias y de las letras pudiese mirarse como peligroso bajo un punto de vista moral, o bajo un punto de vista político” (Discurso de inaugural de la Universidad de Chile de Andrés Bello, 17 de septiembre 1843). Esa universidad pretendida por Bello, era definida como un “Cuerpo expansivo y propagador de las ciencias y las letras”, donde “el arte era la regla de la imaginación”, donde “las Facultades eran un sistema integrado”, y donde existía un rol esencial a cumplir para apoyar la educación elemental. La idea de “producción” hace 170 años atrás estaba enraizada en la convicción de que la razón podía iluminar las sendas de la construcción de la Patria, y podía cautelarnos de no caer en un empirismo ciego. Pero como bien describiría nuestro José Saramago… la ceguera se ha propagado como la peste, y la historia no es más que archivos guardados en gavetas oxidadas.
Pero recordar es una responsabilidad. Hace 28 años comienza en Chile una de las más grandes reformas educacionales de su historia, interrumpiendo los avances notables de la educación chilena acumulados durante el siglo XX, que la habían llevado tempranamente -en relación con nuestros países vecinos- a superar el analfabetismo, promoviendo activamente el acceso a todos los niveles educativos (incluido el terciario). El rol del Estado de Chile era crucial y había logrado vencer a los sectores conservadores que afirmaban que la educación era una responsabilidad única de los padres y que el Estado (calificado de socialista por estos sectores a principios del siglo XX) “no podía obligar a estos padres a enviar a sus hijos a la escuela”. Así, nuestro sistema educativo logró posicionarse como un ejemplo en América, con crecientes niveles de justicia.
Grandes pedagogas y pedagogos nacionales eran invitados a participar de las diversas reformas educativas de nuestro Continente. Las universidades chilenas llegaron al punto de comenzar a comprender que el desarrollo del país implicaba asumir la diversidad de necesidades regionales, y es así como comienzan hacia los años 50-60 a crear sus sedes. La Universidad de Chile y la Universidad Técnica del Estado se hicieron presentes a lo largo de nuestra geografía.
Sin embargo, la reforma de la dictadura militar (1973-1990) recuperó la marginal propuesta neoliberal de los Chicago Boys de los años 60. El sistema universitario chileno comienza a ser desmontado, en un movimiento que no se detiene hasta hoy. Se violaron los derechos humanos del cuerpo docente, administrativo y estudiantil; se cerraron facultades; se quitaron las sedes regionales de las dos universidades mencionadas; se separó el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile; se disminuyó dramáticamente el aporte fiscal a las universidades, lo cual nos tiene hasta hoy entre los países de menor inversión pública; y comenzaron luego, a fundarse las nuevas universidades privadas, las que comienzan también a percibir recursos públicos.
Toda esta digresión es sólo para decir que los “soviets”, como llaman algunos a las universidades estatales, han sufrido una represión y unas restricciones históricas desde hace más de 30 años, y que, a pesar de ello, siguen mostrando mejores resultados que aquellas instituciones privadas, a las cuales se les ofreció gratuitamente un mercado donde desarrollar la ideología de la “educación-mercancía”.
La crítica contra las universidades estatales apunta a que ellas serían burocráticas, no toman riesgos, son ineficientes, presentan irregularidades, favorecen el surgimiento de nichos de poder, “autogeneran a sus autoridades” -creo que esta observación se dirige a la gestión democrática que muestran algunas de nuestras universidades estatales, lo cual es confundido con clientelismo-. A excepción de la última crítica, las demás me parece que no caracterizan a las universidades estatales… o al menos no en términos exclusivos. De hecho, se cita persistentemente a la UTEM como caso único que justificaría una “igualdad de trato”, el financiamiento vía concursos, un sistema único de créditos y becas, y la desaparición de BecasChile –como si estas fuesen los exclusivos ámbitos de discusión-.
Si las universidades estatales son “soviets”, la imagen de las universidades privadas podría ser la de “supermercados” –con adverbios o adjetivos variables: híper, vecino, mega, mini-. En Brasil se habla directamente de las universidades “malls”. Los críticos de las universidades estatales olvidan la desaparición forzosa de las universidades (¿?) Real y San Andrés, o los casos de “desórdenes” institucionales de la UNIACC, ARCIS, Santo Tomás y La República. La universidad privada en Chile es gestionada por juntas de accionistas y regida por el cortoplacista lucro, lo que ha significado que su aporte en investigación de punta sea escaso.
Probablemente cuando Gonzalo Rojas, no el poeta, plantea en El Mercurio que todas las universidades son públicas (porque se publicitan públicamente), está pensando en las páginas 65 y 66 del Informe de la Educación Superior en Chile (2009) de la OCDE, donde se “aconseja” a Chile lo siguiente: revisar la división tradicional entre universidades del CRUCH y otras universidades; aplicar los mismos criterios de préstamos sin importar en qué institución se matriculará el alumno; introducir formas blandas de regulación e incentivos para estimular a las instituciones autónomas a participar totalmente en el control de calidad; que el Ministerio deje de lado la lista oficial de las profesiones con títulos exclusivos universitarios, que son monopolio de las universidades. Este informe resulta de particular interés, ya que plantea genéricamente que Chile debería adaptar la formación universitaria –y terciaria en general- a las necesidades productivas del país. Pero ¿cuáles son estas necesidades?, la respuesta está en las páginas 20 y 21, donde se señala que nuestros productos son: cobre, salmón, fruta, vino y otros minerales, lo que es corroborado por el Presidente cuando señala que Chile debe convertirse en una potencia “agroalimentaria”.
La pregunta obvia es: ¿para qué queremos a las universidades?, si claramente carreras como filosofía, teatro o arquitectura nos parecen lejanas a la producción de manzanas. Desde esta óptica el partidario de la metáfora de los soviets tendría razón, esas formaciones son inútiles a nuestro modelo capitalista periférico.
No obstante, el proyecto universitario de Andrés Bello excede (o debiese exceder) la ceguera empirista. En este sentido no tenemos “un consenso técnico” –como algunos sostienen- ni político, las universidades estatales no están regidas (aún, o no masivamente) por la lógica de los empresarios de la educación que buscan indicadores de productividad o desempeño para el homus academicus. Chile se acostumbra peligrosamente al modo empresarial de conducción de la sociedad… el silencio, la lectura, la investigación, la memoria, la conversación, el ocio: ¡producen realidades!, y estas experiencias no se pueden medir estandarizadamente.
Las líneas de desarrollo de largo plazo de las universidades estatales están seriamente amenazadas en su autonomía al tener que vender su investigación a la empresa privada, dejando de lado el interés social del 90% de los chilenos/as que no trabaja en las grandes firmas. Este modelo de universidad que compite sólo favorece nuestra subordinación al conocimiento emergente del hemisferio norte.
El documento de la OCDE divorcia sus consejos de su diagnóstico. Prefiero las primeras 50 páginas del informe que hablan de la enorme desigualdad de Chile, que nos mantiene como el 9° país con mayor desigualdad en el mundo (OCDE, 2009), donde “La desigualdad es más visible y más difícil de cambiar en el corto plazo, porque los ciudadanos chilenos tradicionalmente han pagado los servicios básicos para el hogar mientras que en otros países de la OCDE son financiados con fondos públicos y están disponibles para todos” (OCDE, 2009: p. 21). Los chilenos pagan aranceles en la educación superior de un 30% del ingreso per cápita, tres veces más alto que en los Estados Unidos, Australia o Japón, mientras las becas cubren sólo entre el 63 y 70% del costo real de los aranceles.
Es éste el desafío de Chile. Aquí es donde necesitamos conocimientos autóctonos, producidos por grandes y fuertes universidades estatales. Nuestro proyecto de Estado sería entonces la generación de una alternativa de crecimiento humano sostenible desde dentro. Difícilmente la OCDE, el Banco Mundial, la Escuela de Chicago o la Escuela Austriaca de Economía nos darán la respuesta.
jueves, 1 de julio de 2010
¿Progresista? Yo no, gracias...
¿“Causas progre”?: algunos se opusieron tenazmente a que el gas venido desde Argentina pasara por el Cajón del Maipo; luego de conversas, hoy las cañerías pasan por el patio de sus casas.
¿Y qué “cresta” es el progresismo? ¿“Progre”? Es una palabra que viene de progreso, es avance, prosperidad, cultura; lo opuesto es barbarie.
Otros creen que es ser díscolo, piola, asertivo, creer que Chávez es atinado, pensar que Un Techo para Chile es una obra social, tomar agua mineral, adherir a la “causa” mapuche, atentar contra el Papa, que es un comodín, una llave maestra o una ganzúa. ¿O qué?
Sé que es una voz sociopolítica creada por el francés Augusto Comte en el siglo XIX. Augusto vivió enfermo toda su vida, pero esa salud prosperó cuando su mujer lo abandonó. Ése es un ejemplo de aplicación física de Comte.
Ser “progre” es algo con gusto a nada... y a todo. Es como light, pero los de derecha y de izquierda quieren serlo. Es como si les diera mirada de futuro.
Los veo como gente que adhiere a causas foráneas, como salvemos a las ballenas de joroba azul, que son cazadas por barcos con arpones teledirigidos. Exhiben lienzos y recolectan firmas, mientras a 50 cuadras los matarifes ultiman a miles de vacunos y los despellejan ¡vivos! Tampoco les interesa la vida de los pescadores artesanales que salen al mar, con su cáncer de piel a cuestas en busca de los desechos que dejan los barcos factorías extranjeros. ¿Y los pirquineros con arsénico en la sangre?
¿“Causas progre”?: algunos se opusieron tenazmente a que el gas venido desde Argentina pasara por el Cajón del Maipo; luego de conversas, hoy las cañerías pasan por el patio de sus casas. A la represa del Alto Bíobío, las hermanas pehuenches Nicolasa y Berta Quintremán se oponían con el alma y con sus vidas. Hoy ese tranque goza de cabal salud. Y así.
Cacho que el “progresismo” es sólo una postura insustancial, y que para mi gusto es un concepto de utilización política, acomodaticio y fracasado.
En 1962, Clotario Blest creó el Movimiento de Fuerzas Revolucionarias y los jóvenes pro castristas escindidos del Partido Radical inventaron el Movimiento Social Progresista y se le unieron. A éstos les dio por poner bombas a blancos norteamericanos, como la Ford, y querían volar la embajada gringa. Hoy son políticos de alcurnia.
Hacia 1968 dice la prensa: Partido Nacional recurre al matonaje para silenciar al sector joven progresista que apoyaba la reforma agraria. Se unieron a la paliza dirigentes del sector nazista.
Luego de estos numeritos, ¿hay alguno que quisiera ser tildado de “progre”?.
Yo no.
¿Y qué “cresta” es el progresismo? ¿“Progre”? Es una palabra que viene de progreso, es avance, prosperidad, cultura; lo opuesto es barbarie.
Otros creen que es ser díscolo, piola, asertivo, creer que Chávez es atinado, pensar que Un Techo para Chile es una obra social, tomar agua mineral, adherir a la “causa” mapuche, atentar contra el Papa, que es un comodín, una llave maestra o una ganzúa. ¿O qué?
Sé que es una voz sociopolítica creada por el francés Augusto Comte en el siglo XIX. Augusto vivió enfermo toda su vida, pero esa salud prosperó cuando su mujer lo abandonó. Ése es un ejemplo de aplicación física de Comte.
Ser “progre” es algo con gusto a nada... y a todo. Es como light, pero los de derecha y de izquierda quieren serlo. Es como si les diera mirada de futuro.
Los veo como gente que adhiere a causas foráneas, como salvemos a las ballenas de joroba azul, que son cazadas por barcos con arpones teledirigidos. Exhiben lienzos y recolectan firmas, mientras a 50 cuadras los matarifes ultiman a miles de vacunos y los despellejan ¡vivos! Tampoco les interesa la vida de los pescadores artesanales que salen al mar, con su cáncer de piel a cuestas en busca de los desechos que dejan los barcos factorías extranjeros. ¿Y los pirquineros con arsénico en la sangre?
¿“Causas progre”?: algunos se opusieron tenazmente a que el gas venido desde Argentina pasara por el Cajón del Maipo; luego de conversas, hoy las cañerías pasan por el patio de sus casas. A la represa del Alto Bíobío, las hermanas pehuenches Nicolasa y Berta Quintremán se oponían con el alma y con sus vidas. Hoy ese tranque goza de cabal salud. Y así.
Cacho que el “progresismo” es sólo una postura insustancial, y que para mi gusto es un concepto de utilización política, acomodaticio y fracasado.
En 1962, Clotario Blest creó el Movimiento de Fuerzas Revolucionarias y los jóvenes pro castristas escindidos del Partido Radical inventaron el Movimiento Social Progresista y se le unieron. A éstos les dio por poner bombas a blancos norteamericanos, como la Ford, y querían volar la embajada gringa. Hoy son políticos de alcurnia.
Hacia 1968 dice la prensa: Partido Nacional recurre al matonaje para silenciar al sector joven progresista que apoyaba la reforma agraria. Se unieron a la paliza dirigentes del sector nazista.
Luego de estos numeritos, ¿hay alguno que quisiera ser tildado de “progre”?.
Yo no.
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