Te presento hoy una balada de amor preciosa del grupo Extreme: "More than words", "Más que palabras"...
Resulta curioso cuan difícil puede ser para mucha gente expresar un "te amo" cuando eso precisamente viene a ser lo más sencillo en una relación de pareja. ¿Y pues? Son palabras, sólo eso... Lo difícil realmente viene a ser demostrarlo, ¿verdad? Lo lees, lo escuchas una y quizás mil veces, pero si no lo percibes, al final, ¿qué? Sueñas con un mensaje conceptual.
Ahora pensarás: "Vaya con el escritor, tanta literatura romántica y ahora nos dice que las palabras no tienen valor..."
¡Ep! No voy por ahí. Pero lo que si quiero expresar es la vaciedad de esas palabras cuando no pueden dimensionarse en sentimiento, cuando en vez de acercarse al gesto se distancian.
Sí, ya sé, hoy estoy divagando más de lo normal. Pero no siempre es fácil expresar lo que uno desea. ¿O debería decir lo que uno siente?
¿Y que siento hoy? Quizás una aversión lógica hacia el mal uso o abuso de la palabra... Quizás pienso en cuanta gente cambiaría una mirada cómplice, limpia y tierna por el último "te quiero" que escuchó; quizás me voy dando cuenta de que habría que filtrar toda expresión amorosa antes de dejar que te alcance el alma: el amor puede pronunciarse, escribirse o cantarse, pero si no es constatable acaba siendo eso: palabras, sólo palabras... ¿Y entonces? Pues eso, para la proxima, por favor, me pido: "More than words"...
Mi amor gracias por estos casi 5 meses, te deseo un muy FELIZ CUMPLEAÑOS, quiero lo mejor para ti, que tengamos confianza en nuestra relación, respeto y tolerancia, mientras exista amor, cariño y todo lo anterior estaremos juntos, mi jirafita. MONI TE AMO. FELICES 26.
Dedicado con mucho amor y afecto para Mónica.
martes, 15 de junio de 2010
Rechazo transversal a dichos de José Piñera
El jefe de gabinete repudió semejanza establecida por el ex secretario de Estado entre Salvador Allende y Adolf Hitler, quien reaccionó exigiéndole disculpas públicas, pidiendo su renuncia y calificándolo de mentiroso.
El ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, criticó las declaraciones de Piñera, lo que derivó en una fuerte arremetida del creador de las AFP.
“Me parece inconcebible, realmente no puedo aceptar, me parece repudiable y rechazable completamente que alguien compare el gobierno del ex Presidente Salvador Allende con lo que fue el régimen criminal de Adolfo Hitler”.
Con esas palabras, el ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, se refirió a la analogía hecha por el hermano del Presidente Sebastián Piñera y ex ministro del régimen militar, José Piñera, entre Salvador Allende y Adolf Hitler.
Respondiendo preguntas vía Twitter al diario argentino Perfil, José Piñera defendió el golpe de Estado, señalando -en alusión a Allende- que “quien desde el poder viola la Constitución de un país, es quien le da un golpe al sistema democrático y deviene en tirano” y agregó que “el caso más famoso fue el de Adolf Hitler en 1933: fue elegido democráticamente y devino en tirano”.
Tras conocer las declaraciones del titular de Interior, el hermano del Mandatario contraatacó a través de Twitter exigiendo su renuncia: “Gravísima declaración de Rodrigo Hinzpeter, ministro y operador político clave de Sebastián Piñera”, señaló y añadió que el jefe de gabinete “miente de manera brutal e irresponsable. Compromete la fe de la república y arrastra al Presidente. Debe disculparse hoy o renunciar”.
Quizás a muchos no nos guste Allende como personaje histórico y como ex-Presidente de la República pero de ahí a compararlo en sus hechos de vida y políticos con Hitler nos parece una exageración tremenda. es cierto que casi hubo una guerra civil en el gobierno de la UP y que sólo 1/3 del electorado lo eligió por culpa de las trabas constitucionales que tenía la de ese tiempo, pero es absolutamente legal su elección aunque haya sido nefasta para el pueblo chileno.
MOLESTIA EN LA OPOSICIÓN
Pero las palabras del ex ministro generaron además una ola de críticas en la Concertación, encabezadas por la senadora e hija del fallecido Mandatario, Isabel Allende, quien indicó que Hinzpeter la llamó por teléfono para expresar su respaldo a su familia ante las declaraciones de José Piñera.
“El ministro Hinzpeter me manifestó que las expresiones de José Piñera eran inaceptables y me dijo ‘lamento que tengas que pasar por esto’ y que ‘sus palabras no nos representan’. Por eso quiero reiterar que haber recibido este llamado y haber escuchado temprano sus declaraciones me parecen que son exactamente lo que corresponde”, indicó.
A su turno, el timonel de la DC, Juan Carlos Latorre, afirmó que “no cabe ninguna duda de que exista al interior del Ejecutivo un alma pinochetista que quiere expresarse a toda costa. Hay una disyuntiva que el único que puede resolverla clara y nítidamente, como señal política, es el Presidente y nosotros estamos a la expectativa de lo que suceda al respecto”.
En tanto, el diputado Marcelo Díaz (PS) respaldó a Hinzpeter, destacando que lo dicho por José Piñera “es una comparación inaceptable que ofende a un ex Presidente”, por lo que agregó “espero que guarde silencio”.
El ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, criticó las declaraciones de Piñera, lo que derivó en una fuerte arremetida del creador de las AFP.
“Me parece inconcebible, realmente no puedo aceptar, me parece repudiable y rechazable completamente que alguien compare el gobierno del ex Presidente Salvador Allende con lo que fue el régimen criminal de Adolfo Hitler”.
Con esas palabras, el ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, se refirió a la analogía hecha por el hermano del Presidente Sebastián Piñera y ex ministro del régimen militar, José Piñera, entre Salvador Allende y Adolf Hitler.
Respondiendo preguntas vía Twitter al diario argentino Perfil, José Piñera defendió el golpe de Estado, señalando -en alusión a Allende- que “quien desde el poder viola la Constitución de un país, es quien le da un golpe al sistema democrático y deviene en tirano” y agregó que “el caso más famoso fue el de Adolf Hitler en 1933: fue elegido democráticamente y devino en tirano”.
Tras conocer las declaraciones del titular de Interior, el hermano del Mandatario contraatacó a través de Twitter exigiendo su renuncia: “Gravísima declaración de Rodrigo Hinzpeter, ministro y operador político clave de Sebastián Piñera”, señaló y añadió que el jefe de gabinete “miente de manera brutal e irresponsable. Compromete la fe de la república y arrastra al Presidente. Debe disculparse hoy o renunciar”.
Quizás a muchos no nos guste Allende como personaje histórico y como ex-Presidente de la República pero de ahí a compararlo en sus hechos de vida y políticos con Hitler nos parece una exageración tremenda. es cierto que casi hubo una guerra civil en el gobierno de la UP y que sólo 1/3 del electorado lo eligió por culpa de las trabas constitucionales que tenía la de ese tiempo, pero es absolutamente legal su elección aunque haya sido nefasta para el pueblo chileno.
MOLESTIA EN LA OPOSICIÓN
Pero las palabras del ex ministro generaron además una ola de críticas en la Concertación, encabezadas por la senadora e hija del fallecido Mandatario, Isabel Allende, quien indicó que Hinzpeter la llamó por teléfono para expresar su respaldo a su familia ante las declaraciones de José Piñera.
“El ministro Hinzpeter me manifestó que las expresiones de José Piñera eran inaceptables y me dijo ‘lamento que tengas que pasar por esto’ y que ‘sus palabras no nos representan’. Por eso quiero reiterar que haber recibido este llamado y haber escuchado temprano sus declaraciones me parecen que son exactamente lo que corresponde”, indicó.
A su turno, el timonel de la DC, Juan Carlos Latorre, afirmó que “no cabe ninguna duda de que exista al interior del Ejecutivo un alma pinochetista que quiere expresarse a toda costa. Hay una disyuntiva que el único que puede resolverla clara y nítidamente, como señal política, es el Presidente y nosotros estamos a la expectativa de lo que suceda al respecto”.
En tanto, el diputado Marcelo Díaz (PS) respaldó a Hinzpeter, destacando que lo dicho por José Piñera “es una comparación inaceptable que ofende a un ex Presidente”, por lo que agregó “espero que guarde silencio”.
Eliminación del 7%: prevén que rebaja será para mayores de 70 que reciban menos de $150 mil
El presupuesto de la Nación para 2011 ya está trabajándose en el área de la Salud, y el Fondo Nacional de Salud (Fonasa) ha mantenido constantes reuniones con la Dirección de Presupuestos para afinar la promesa presidencial de eliminación del 7% a los jubilados.
Aunque son varios los escenarios que aún se barajan y que deberá zanjar la Presidencia, la idea que ha tomado más fuerza entre las autoridades es la que proyecta que el beneficio se reduzca entre el 1 y el 3% para aquellos pensionados de más de 70 años y que reciban una pensión menor a $150 mil.
En otras palabras, los jubilados deberán seguir cotizando por 5 años tras la jubilación, en el caso de los hombres, y por 10 en el de las mujeres, antes de optar a los beneficios de exención del Gobierno.
Así lo confirmó a este diario el director de Fonasa, Mikel Uriarte, quien aclaró, eso sí, que la decisión final pasará por lo que decida el Presidente de la República, Sebastián Piñera.
Sin embargo, explica que cobra fuerza esta línea de corte de 70 años y $150 mil, para que en un período de cuatro años la exención para este grupo sea total. Uriarte recuerda que "el Presidente ha sido muy preciso en que el beneficio no será para todos y estará focalizado en los más necesitados y de mayor edad, y que será paulatino en el tiempo".
Esto quiere decir que sólo parte de los 1,3 millones de pensionados serán favorecidos. Este grupo aporta anualmente $204.000 millones en cotizaciones, por lo que por cada punto de rebaja el Estado debe financiar unos $30 mil millones.
Quienes resulten beneficiados verán reducido entre el 1 y el 3% en sus cotizaciones, lo que significa un ahorro en términos reales para las personas de entre los $3 mil y los $10 mil mensuales.
Según datos del Fonasa, los pensionados de más de 70 años en el país son 644 mil. En tanto, las personas que reciben menos de $150 mil mensuales son 873 mil.
Para Uriarte, el corte final "será un cruce entre estas dos variables. El otro criterio que se podrá utilizar es el de enfermedad". Por esta razón, no existe aún claridad sobre cuánta gente finalmente será la beneficiada, según la autoridad.
Hay una versión disímil al interior del Gobierno, que afirma que el beneficio podría ser sólo para aquellos con pensiones inferiores a $100 mil. "El problema de esta postura es que generaría más presión política para que subiera la cifra de 'corte' ", cuenta una alta fuente de Salud.
Cuidadosa separación
En el Gobierno han sido cautelosos y no han querido ligar los proyectos de eliminación del 7% de cotización -que en términos prácticos operará como un subsidio- con los cambios en la ley de isapres, que busca eliminar las discriminaciones a ciertos grupos, entre ellos, el de los adultos mayores.
De hecho, el "corte" que se propone busca tener como efecto colateral que se circunscriba sólo a los usuarios de Fonasa (sin explicitarlo), dejando afuera a la gran mayoría de los afiliados a las isapres.
Según Francisco Vidal 835 mil adultos mayores en Chile tienen una pensión inferior a los 150 mil pesos o sea viven con ese poco dinero para subsistir en su última etapa de la vida, es vergonzoso.
Aunque son varios los escenarios que aún se barajan y que deberá zanjar la Presidencia, la idea que ha tomado más fuerza entre las autoridades es la que proyecta que el beneficio se reduzca entre el 1 y el 3% para aquellos pensionados de más de 70 años y que reciban una pensión menor a $150 mil.
En otras palabras, los jubilados deberán seguir cotizando por 5 años tras la jubilación, en el caso de los hombres, y por 10 en el de las mujeres, antes de optar a los beneficios de exención del Gobierno.
Así lo confirmó a este diario el director de Fonasa, Mikel Uriarte, quien aclaró, eso sí, que la decisión final pasará por lo que decida el Presidente de la República, Sebastián Piñera.
Sin embargo, explica que cobra fuerza esta línea de corte de 70 años y $150 mil, para que en un período de cuatro años la exención para este grupo sea total. Uriarte recuerda que "el Presidente ha sido muy preciso en que el beneficio no será para todos y estará focalizado en los más necesitados y de mayor edad, y que será paulatino en el tiempo".
Esto quiere decir que sólo parte de los 1,3 millones de pensionados serán favorecidos. Este grupo aporta anualmente $204.000 millones en cotizaciones, por lo que por cada punto de rebaja el Estado debe financiar unos $30 mil millones.
Quienes resulten beneficiados verán reducido entre el 1 y el 3% en sus cotizaciones, lo que significa un ahorro en términos reales para las personas de entre los $3 mil y los $10 mil mensuales.
Según datos del Fonasa, los pensionados de más de 70 años en el país son 644 mil. En tanto, las personas que reciben menos de $150 mil mensuales son 873 mil.
Para Uriarte, el corte final "será un cruce entre estas dos variables. El otro criterio que se podrá utilizar es el de enfermedad". Por esta razón, no existe aún claridad sobre cuánta gente finalmente será la beneficiada, según la autoridad.
Hay una versión disímil al interior del Gobierno, que afirma que el beneficio podría ser sólo para aquellos con pensiones inferiores a $100 mil. "El problema de esta postura es que generaría más presión política para que subiera la cifra de 'corte' ", cuenta una alta fuente de Salud.
Cuidadosa separación
En el Gobierno han sido cautelosos y no han querido ligar los proyectos de eliminación del 7% de cotización -que en términos prácticos operará como un subsidio- con los cambios en la ley de isapres, que busca eliminar las discriminaciones a ciertos grupos, entre ellos, el de los adultos mayores.
De hecho, el "corte" que se propone busca tener como efecto colateral que se circunscriba sólo a los usuarios de Fonasa (sin explicitarlo), dejando afuera a la gran mayoría de los afiliados a las isapres.
Según Francisco Vidal 835 mil adultos mayores en Chile tienen una pensión inferior a los 150 mil pesos o sea viven con ese poco dinero para subsistir en su última etapa de la vida, es vergonzoso.
Concertación hace valer mayoría en el Senado y rechaza artículos clave de Ley de Reconstrucción
La oficina de Eduardo Frei en la sede del Congreso en Santiago fue el escenario en el que se selló ayer el destino de la ley de financiamiento para la reconstrucción.
Apenas se había iniciado la sesión de la comisión de Hacienda del Senado -donde poco después se votaría en particular la emblemática iniciativa- cuando el ministro Felipe Larraín pidió un receso.
El secretario de Estado se reunió, entonces, a solas con los representantes opositores de la instancia: Eduardo Frei, Camilo Escalona y Ricardo Lagos Weber. A ellos se sumó Andrés Zaldívar, quien ha liderado las tratativas con el Gobierno.
En esa cita, Larraín formalizó una propuesta para destrabar los reparos opositores al proyecto. que apuntan principalmente al carácter transitorio del alza de impuestos y a la rebaja permanente de obligaciones tributarias.
Según varias fuentes, el Gobierno propuso subir a 4% el piso para la aplicación del nuevo royalty , amarrar el 25% de la recaudación por ese impuesto a regiones y poner urgencia a la creación de un fondo de investigación para potenciar el uso del cobre.
La propuesta fue considerada insuficiente por la Concertación, que solicitaba que los beneficios tributarios a las grandes empresas fueran homologados a las alzas de impuesto y que se eliminara de este debate la discusión por el royalty . "La Concertación informó que seguiremos en la misma línea: impuestos transitorios y rebajas transitorias", sostuvo el senador Zaldívar.
Sin acuerdo sobre el tema, el Gobierno se expuso a su primera derrota importante a manos de la mayoría que la oposición ostenta en el Senado.
Por tres votos a dos, Frei, Lagos Weber y Escalona -miembros de la Concertación en la comisión de Hacienda-, rechazaron las rebajas de tributos de timbres y estampillas, el incentivo a la inversión del artículo 14 quáter -que, sostienen, beneficia a las grandes empresas- y se opusieron a extender la invariabilidad del royalty minero.
Todo lo demás, incluido el alza al impuesto de primera categoría, fue respaldado por la unanimidad de la comisión.
Tras la votación de la instancia, el emblemático proyecto será revisado hoy en particular en la sala del Senado, donde el Gobierno también enfrenta un panorama incierto. Hasta ahora, La Moneda ostentaba un empate con la Concertación, al sumar los votos de Alejandro Navarro (MAS) y de Carlos Bianchi (independiente). Una ventaja para el Ejecutivo era la postura del DC Hosaín Sabag, quien se había abierto a apoyar la iniciativa.
Ayer en la tarde, sin embargo, el Gobierno fue notificado del pareo del senador DC con Jovino Novoa (UDI), igual fórmula que utilizará Andrés Zaldívar (DC) con Hernán Larraín (UDI).
Anoche, el Presidente Sebastián Piñera usó Twitter para defender la aprobación del proyecto. "Le pido a la Concertación que no le dé la espalda a la clase media y las pymes, que necesitan y merecen un alivio tributario", escribió.
Apenas se había iniciado la sesión de la comisión de Hacienda del Senado -donde poco después se votaría en particular la emblemática iniciativa- cuando el ministro Felipe Larraín pidió un receso.
El secretario de Estado se reunió, entonces, a solas con los representantes opositores de la instancia: Eduardo Frei, Camilo Escalona y Ricardo Lagos Weber. A ellos se sumó Andrés Zaldívar, quien ha liderado las tratativas con el Gobierno.
En esa cita, Larraín formalizó una propuesta para destrabar los reparos opositores al proyecto. que apuntan principalmente al carácter transitorio del alza de impuestos y a la rebaja permanente de obligaciones tributarias.
Según varias fuentes, el Gobierno propuso subir a 4% el piso para la aplicación del nuevo royalty , amarrar el 25% de la recaudación por ese impuesto a regiones y poner urgencia a la creación de un fondo de investigación para potenciar el uso del cobre.
La propuesta fue considerada insuficiente por la Concertación, que solicitaba que los beneficios tributarios a las grandes empresas fueran homologados a las alzas de impuesto y que se eliminara de este debate la discusión por el royalty . "La Concertación informó que seguiremos en la misma línea: impuestos transitorios y rebajas transitorias", sostuvo el senador Zaldívar.
Sin acuerdo sobre el tema, el Gobierno se expuso a su primera derrota importante a manos de la mayoría que la oposición ostenta en el Senado.
Por tres votos a dos, Frei, Lagos Weber y Escalona -miembros de la Concertación en la comisión de Hacienda-, rechazaron las rebajas de tributos de timbres y estampillas, el incentivo a la inversión del artículo 14 quáter -que, sostienen, beneficia a las grandes empresas- y se opusieron a extender la invariabilidad del royalty minero.
Todo lo demás, incluido el alza al impuesto de primera categoría, fue respaldado por la unanimidad de la comisión.
Tras la votación de la instancia, el emblemático proyecto será revisado hoy en particular en la sala del Senado, donde el Gobierno también enfrenta un panorama incierto. Hasta ahora, La Moneda ostentaba un empate con la Concertación, al sumar los votos de Alejandro Navarro (MAS) y de Carlos Bianchi (independiente). Una ventaja para el Ejecutivo era la postura del DC Hosaín Sabag, quien se había abierto a apoyar la iniciativa.
Ayer en la tarde, sin embargo, el Gobierno fue notificado del pareo del senador DC con Jovino Novoa (UDI), igual fórmula que utilizará Andrés Zaldívar (DC) con Hernán Larraín (UDI).
Anoche, el Presidente Sebastián Piñera usó Twitter para defender la aprobación del proyecto. "Le pido a la Concertación que no le dé la espalda a la clase media y las pymes, que necesitan y merecen un alivio tributario", escribió.
Exclusiones
En la mayoría de las entrevistas, las respuestas de los entrevistados son interpretaciones libres de los entrevistadores. En los mejores casos, son aproximadas. En los peores, dicen exactamente lo contrario de lo que el entrevistado quiso decir. Cada dos años, hacia estas fechas, los miembros de la difícil y más bien ingrata profesión literaria reciben peticiones variadas de entrevistas sobre el Premio Nacional de Literatura. Contesto lo que puedo, trato de dar una opinión personal, honesta, y cosecho irritaciones, molestias, susceptibilidades heridas, además de uno que otro elogio infundado. Si fuera miembro del jurado que otorgará el premio próximo, abandonaría mis lecturas actuales, que son, precisamente, inactuales, y me pondría a releer, a leer, a tomar notas. Ser escritor nacido en Chile no significa ser especialista en literatura chilena. No soy especialista en nada, y he sido lector constante de los libros más diversos de este mundo. Anoche, por ejemplo, lápiz en mano, leía un diálogo apasionante, agudo, lleno de humor y de crítica ácida: Julio II excluido del Reino de los Cielos. Fue escrito por Erasmo de Rotterdam en las primeras décadas del siglo XVI y es uno de los textos centrales, uno de los clásicos, de la reforma protestante en Europa. Por ahí comenzaba el libre examen, que debería ser una de las normas de cualquier ejercicio de la crítica, literaria o no literaria. Desde luego, una obra de Erasmo no tiene ni podría tener la más mínima relación con nuestros premios de letras o nuestros fondos concursables.
Pues bien, si me pidieran que diera mi voto en el ambicionado Premio Nacional próximo, comenzaría por hacer lo siguiente: releer a fondo, lápiz en mano, la poesía de Oscar Hahn; leer la obra de Isabel Allende, que conozco bastante mal; releer y leer las novelas, que conozco a medias, de Diamela Eltit, entre muchas otras lecturas. Sería un trabajo largo, duro, que me obligaría a privarme de muchas horas de sueño. Pero, claro está, este premio tan codiciado se otorga por un conjunto de funcionarios que llegan corriendo a la reunión, que han escuchado hablar de algunos autores, que han leído algunas de sus páginas, sobre todo en el fin de semana de la víspera, y que cumplen con su encargo en forma inevitablemente apresurada. La voz del premiado anterior tiene bastante peso, ya que suele ser la única persona que tiene conocimientos reales de la materia. Lo cual no es una crítica de los funcionarios sino del sistema y de la ley que lo establece. Si el rector de la Universidad de Chile, por ejemplo, es jurista de profesión, o químico farmacéutico, nada lo obliga a ser un conocedor profundo y justiciero de la literatura nacional.
Con respecto a Isabel Allende, a quien he leído poco, observo una situación que me parece, por lo menos a primera vista, sospechosa: se diría que está excluida por principio de la competencia, y esto se podría explicar porque tiene demasiado éxito, porque llega a demasiados lectores, porque es conocida en todas partes, en Japón, en Finlandia, en Turquía, y porque su lectura, en algún sentido, es demasiado fácil. Pues bien, no creo que la facilidad deba excluir el examen serio de esta autora, así como no creo que la dificultad deba afectar la candidatura de Diamela Eltit. Tampoco creo, y esto podría irritar más a algunos de los críticos y criticones ambientales, que la diferencia entre poetas y prosistas tenga mayor sentido. Se sostiene que este año le toca el premio a un narrador, pero la norma no está escrita en ninguna parte. Es un lugar común que no se sabe dónde se engendró. Vicente Huidobro, a quien no le dieron el premio porque andaba siempre lejos, en París o en lugares parecidos, era poeta, ensayista y novelista. De acuerdo con esta supuesta alternancia de géneros, el premio le tocaba siempre y me pregunto si por esa causa no se lo dieron nunca. Además, todos nuestros poetas mejores han sido prosistas. Casi no conozco excepciones a esta regla. Basta con citar a Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Enrique Lihn, Jorge Teillier. En desmedro de los narradores, agrego que más de alguno intentó ser poeta y fracasó en el intento. En consecuencia, suspendo mi juicio acerca del Premio Nacional, y agrego una o dos nociones personales. Detesto la exclusión, y en virtud de este principio, o de esta preferencia, si quieren ustedes, no estoy de acuerdo con el veto a priori de Isabel Allende. ¿Es una vulgar escribidora de best sellers? Examinemos el tema con un poco de atención, sin prejuicios, sin que el odio tan criollo al éxito nos perturbe. Cuando leí su primera novela, La casa de los espíritus, toda la primera mitad me pareció excesiva y descaradamente garcíamarquiana, pero hacia el medio y en la segunda parte empecé a notar un tono criollista, reminiscente de escritores como Luis Durand, Fernando Santiván, Eduardo Barrios, y eso no me disgustó. Nunca pensé que la novela estuviera escrita con la única intención de escribir un best seller.
Un crítico escribe ahora que premiarla sería como darles un premio a las hamburguesas en un concurso de gastronomía. Leo esa frase y pienso, como pensaba el poeta y brillante prosista mexicano Octavio Paz, que siempre es necesario hacer la crítica de la crítica. He enseñado durante diversos semestres en universidades diferentes de los Estados Unidos y he aprendido a respetar la ciencia de las hamburguesas. Una ensayista y profesora francesa, discípula de Jacques Derrida, notable teórica de la literatura, gastrónoma refinada, me enseñó en la Universidad de Chicago lo que era una hamburguesa y cómo había que comerla. Era, según ella, un modelo para armar, algo así como un libro donde el lector hace parte de la escritura. Cuidado, entonces, con las humildes hamburguesas. El principio erasmiano del libre examen nos obliga a proceder con más calma, con menos apasionamiento.
Por lo demás, como no estoy sometido en el interior de estas columnas a la tiranía de los entrevistadores, me permito agregar otra noción. Si tuviera que votar hoy, con mi conocimiento insuficiente de Diamela Eltit, con mi relativa ignorancia de Isabel Allende, sin darme el trabajo de robarle horas al sueño para probar otras hierbas literarias, medicinales o tóxicas, me parece que votaría por Oscar Hahn. Es uno de los autores más originales del presente literario chileno. La razón para mí es clara: usa los moldes clásicos, que conoce a la perfección, que domina con la más notable soltura, para introducir contenidos cotidianos, perfectamente contemporáneos, escritos con el habla con que cada persona suele hablar con su vecino. Es una forma irónica de escribir poesía, algo burlona, y que contradice una manía nuestra de hoy y de antes: la del vanguardismo como sistema, como academia, y que termina por erigirse en otra forma de exclusión. Esa síntesis de métrica tradicional, rigurosa, y de discurso interno abierto, es un fenómeno que me interesa más que otros, para decir lo menos.
Pues bien, si me pidieran que diera mi voto en el ambicionado Premio Nacional próximo, comenzaría por hacer lo siguiente: releer a fondo, lápiz en mano, la poesía de Oscar Hahn; leer la obra de Isabel Allende, que conozco bastante mal; releer y leer las novelas, que conozco a medias, de Diamela Eltit, entre muchas otras lecturas. Sería un trabajo largo, duro, que me obligaría a privarme de muchas horas de sueño. Pero, claro está, este premio tan codiciado se otorga por un conjunto de funcionarios que llegan corriendo a la reunión, que han escuchado hablar de algunos autores, que han leído algunas de sus páginas, sobre todo en el fin de semana de la víspera, y que cumplen con su encargo en forma inevitablemente apresurada. La voz del premiado anterior tiene bastante peso, ya que suele ser la única persona que tiene conocimientos reales de la materia. Lo cual no es una crítica de los funcionarios sino del sistema y de la ley que lo establece. Si el rector de la Universidad de Chile, por ejemplo, es jurista de profesión, o químico farmacéutico, nada lo obliga a ser un conocedor profundo y justiciero de la literatura nacional.
Con respecto a Isabel Allende, a quien he leído poco, observo una situación que me parece, por lo menos a primera vista, sospechosa: se diría que está excluida por principio de la competencia, y esto se podría explicar porque tiene demasiado éxito, porque llega a demasiados lectores, porque es conocida en todas partes, en Japón, en Finlandia, en Turquía, y porque su lectura, en algún sentido, es demasiado fácil. Pues bien, no creo que la facilidad deba excluir el examen serio de esta autora, así como no creo que la dificultad deba afectar la candidatura de Diamela Eltit. Tampoco creo, y esto podría irritar más a algunos de los críticos y criticones ambientales, que la diferencia entre poetas y prosistas tenga mayor sentido. Se sostiene que este año le toca el premio a un narrador, pero la norma no está escrita en ninguna parte. Es un lugar común que no se sabe dónde se engendró. Vicente Huidobro, a quien no le dieron el premio porque andaba siempre lejos, en París o en lugares parecidos, era poeta, ensayista y novelista. De acuerdo con esta supuesta alternancia de géneros, el premio le tocaba siempre y me pregunto si por esa causa no se lo dieron nunca. Además, todos nuestros poetas mejores han sido prosistas. Casi no conozco excepciones a esta regla. Basta con citar a Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Enrique Lihn, Jorge Teillier. En desmedro de los narradores, agrego que más de alguno intentó ser poeta y fracasó en el intento. En consecuencia, suspendo mi juicio acerca del Premio Nacional, y agrego una o dos nociones personales. Detesto la exclusión, y en virtud de este principio, o de esta preferencia, si quieren ustedes, no estoy de acuerdo con el veto a priori de Isabel Allende. ¿Es una vulgar escribidora de best sellers? Examinemos el tema con un poco de atención, sin prejuicios, sin que el odio tan criollo al éxito nos perturbe. Cuando leí su primera novela, La casa de los espíritus, toda la primera mitad me pareció excesiva y descaradamente garcíamarquiana, pero hacia el medio y en la segunda parte empecé a notar un tono criollista, reminiscente de escritores como Luis Durand, Fernando Santiván, Eduardo Barrios, y eso no me disgustó. Nunca pensé que la novela estuviera escrita con la única intención de escribir un best seller.
Un crítico escribe ahora que premiarla sería como darles un premio a las hamburguesas en un concurso de gastronomía. Leo esa frase y pienso, como pensaba el poeta y brillante prosista mexicano Octavio Paz, que siempre es necesario hacer la crítica de la crítica. He enseñado durante diversos semestres en universidades diferentes de los Estados Unidos y he aprendido a respetar la ciencia de las hamburguesas. Una ensayista y profesora francesa, discípula de Jacques Derrida, notable teórica de la literatura, gastrónoma refinada, me enseñó en la Universidad de Chicago lo que era una hamburguesa y cómo había que comerla. Era, según ella, un modelo para armar, algo así como un libro donde el lector hace parte de la escritura. Cuidado, entonces, con las humildes hamburguesas. El principio erasmiano del libre examen nos obliga a proceder con más calma, con menos apasionamiento.
Por lo demás, como no estoy sometido en el interior de estas columnas a la tiranía de los entrevistadores, me permito agregar otra noción. Si tuviera que votar hoy, con mi conocimiento insuficiente de Diamela Eltit, con mi relativa ignorancia de Isabel Allende, sin darme el trabajo de robarle horas al sueño para probar otras hierbas literarias, medicinales o tóxicas, me parece que votaría por Oscar Hahn. Es uno de los autores más originales del presente literario chileno. La razón para mí es clara: usa los moldes clásicos, que conoce a la perfección, que domina con la más notable soltura, para introducir contenidos cotidianos, perfectamente contemporáneos, escritos con el habla con que cada persona suele hablar con su vecino. Es una forma irónica de escribir poesía, algo burlona, y que contradice una manía nuestra de hoy y de antes: la del vanguardismo como sistema, como academia, y que termina por erigirse en otra forma de exclusión. Esa síntesis de métrica tradicional, rigurosa, y de discurso interno abierto, es un fenómeno que me interesa más que otros, para decir lo menos.
Exclusiones
En la mayoría de las entrevistas, las respuestas de los entrevistados son interpretaciones libres de los entrevistadores. En los mejores casos, son aproximadas. En los peores, dicen exactamente lo contrario de lo que el entrevistado quiso decir. Cada dos años, hacia estas fechas, los miembros de la difícil y más bien ingrata profesión literaria reciben peticiones variadas de entrevistas sobre el Premio Nacional de Literatura. Contesto lo que puedo, trato de dar una opinión personal, honesta, y cosecho irritaciones, molestias, susceptibilidades heridas, además de uno que otro elogio infundado. Si fuera miembro del jurado que otorgará el premio próximo, abandonaría mis lecturas actuales, que son, precisamente, inactuales, y me pondría a releer, a leer, a tomar notas. Ser escritor nacido en Chile no significa ser especialista en literatura chilena. No soy especialista en nada, y he sido lector constante de los libros más diversos de este mundo. Anoche, por ejemplo, lápiz en mano, leía un diálogo apasionante, agudo, lleno de humor y de crítica ácida: Julio II excluido del Reino de los Cielos. Fue escrito por Erasmo de Rotterdam en las primeras décadas del siglo XVI y es uno de los textos centrales, uno de los clásicos, de la reforma protestante en Europa. Por ahí comenzaba el libre examen, que debería ser una de las normas de cualquier ejercicio de la crítica, literaria o no literaria. Desde luego, una obra de Erasmo no tiene ni podría tener la más mínima relación con nuestros premios de letras o nuestros fondos concursables.
Pues bien, si me pidieran que diera mi voto en el ambicionado Premio Nacional próximo, comenzaría por hacer lo siguiente: releer a fondo, lápiz en mano, la poesía de Oscar Hahn; leer la obra de Isabel Allende, que conozco bastante mal; releer y leer las novelas, que conozco a medias, de Diamela Eltit, entre muchas otras lecturas. Sería un trabajo largo, duro, que me obligaría a privarme de muchas horas de sueño. Pero, claro está, este premio tan codiciado se otorga por un conjunto de funcionarios que llegan corriendo a la reunión, que han escuchado hablar de algunos autores, que han leído algunas de sus páginas, sobre todo en el fin de semana de la víspera, y que cumplen con su encargo en forma inevitablemente apresurada. La voz del premiado anterior tiene bastante peso, ya que suele ser la única persona que tiene conocimientos reales de la materia. Lo cual no es una crítica de los funcionarios sino del sistema y de la ley que lo establece. Si el rector de la Universidad de Chile, por ejemplo, es jurista de profesión, o químico farmacéutico, nada lo obliga a ser un conocedor profundo y justiciero de la literatura nacional.
Con respecto a Isabel Allende, a quien he leído poco, observo una situación que me parece, por lo menos a primera vista, sospechosa: se diría que está excluida por principio de la competencia, y esto se podría explicar porque tiene demasiado éxito, porque llega a demasiados lectores, porque es conocida en todas partes, en Japón, en Finlandia, en Turquía, y porque su lectura, en algún sentido, es demasiado fácil. Pues bien, no creo que la facilidad deba excluir el examen serio de esta autora, así como no creo que la dificultad deba afectar la candidatura de Diamela Eltit. Tampoco creo, y esto podría irritar más a algunos de los críticos y criticones ambientales, que la diferencia entre poetas y prosistas tenga mayor sentido. Se sostiene que este año le toca el premio a un narrador, pero la norma no está escrita en ninguna parte. Es un lugar común que no se sabe dónde se engendró. Vicente Huidobro, a quien no le dieron el premio porque andaba siempre lejos, en París o en lugares parecidos, era poeta, ensayista y novelista. De acuerdo con esta supuesta alternancia de géneros, el premio le tocaba siempre y me pregunto si por esa causa no se lo dieron nunca. Además, todos nuestros poetas mejores han sido prosistas. Casi no conozco excepciones a esta regla. Basta con citar a Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Enrique Lihn, Jorge Teillier. En desmedro de los narradores, agrego que más de alguno intentó ser poeta y fracasó en el intento. En consecuencia, suspendo mi juicio acerca del Premio Nacional, y agrego una o dos nociones personales. Detesto la exclusión, y en virtud de este principio, o de esta preferencia, si quieren ustedes, no estoy de acuerdo con el veto a priori de Isabel Allende. ¿Es una vulgar escribidora de best sellers? Examinemos el tema con un poco de atención, sin prejuicios, sin que el odio tan criollo al éxito nos perturbe. Cuando leí su primera novela, La casa de los espíritus, toda la primera mitad me pareció excesiva y descaradamente garcíamarquiana, pero hacia el medio y en la segunda parte empecé a notar un tono criollista, reminiscente de escritores como Luis Durand, Fernando Santiván, Eduardo Barrios, y eso no me disgustó. Nunca pensé que la novela estuviera escrita con la única intención de escribir un best seller.
Un crítico escribe ahora que premiarla sería como darles un premio a las hamburguesas en un concurso de gastronomía. Leo esa frase y pienso, como pensaba el poeta y brillante prosista mexicano Octavio Paz, que siempre es necesario hacer la crítica de la crítica. He enseñado durante diversos semestres en universidades diferentes de los Estados Unidos y he aprendido a respetar la ciencia de las hamburguesas. Una ensayista y profesora francesa, discípula de Jacques Derrida, notable teórica de la literatura, gastrónoma refinada, me enseñó en la Universidad de Chicago lo que era una hamburguesa y cómo había que comerla. Era, según ella, un modelo para armar, algo así como un libro donde el lector hace parte de la escritura. Cuidado, entonces, con las humildes hamburguesas. El principio erasmiano del libre examen nos obliga a proceder con más calma, con menos apasionamiento.
Por lo demás, como no estoy sometido en el interior de estas columnas a la tiranía de los entrevistadores, me permito agregar otra noción. Si tuviera que votar hoy, con mi conocimiento insuficiente de Diamela Eltit, con mi relativa ignorancia de Isabel Allende, sin darme el trabajo de robarle horas al sueño para probar otras hierbas literarias, medicinales o tóxicas, me parece que votaría por Oscar Hahn. Es uno de los autores más originales del presente literario chileno. La razón para mí es clara: usa los moldes clásicos, que conoce a la perfección, que domina con la más notable soltura, para introducir contenidos cotidianos, perfectamente contemporáneos, escritos con el habla con que cada persona suele hablar con su vecino. Es una forma irónica de escribir poesía, algo burlona, y que contradice una manía nuestra de hoy y de antes: la del vanguardismo como sistema, como academia, y que termina por erigirse en otra forma de exclusión. Esa síntesis de métrica tradicional, rigurosa, y de discurso interno abierto, es un fenómeno que me interesa más que otros, para decir lo menos.
Pues bien, si me pidieran que diera mi voto en el ambicionado Premio Nacional próximo, comenzaría por hacer lo siguiente: releer a fondo, lápiz en mano, la poesía de Oscar Hahn; leer la obra de Isabel Allende, que conozco bastante mal; releer y leer las novelas, que conozco a medias, de Diamela Eltit, entre muchas otras lecturas. Sería un trabajo largo, duro, que me obligaría a privarme de muchas horas de sueño. Pero, claro está, este premio tan codiciado se otorga por un conjunto de funcionarios que llegan corriendo a la reunión, que han escuchado hablar de algunos autores, que han leído algunas de sus páginas, sobre todo en el fin de semana de la víspera, y que cumplen con su encargo en forma inevitablemente apresurada. La voz del premiado anterior tiene bastante peso, ya que suele ser la única persona que tiene conocimientos reales de la materia. Lo cual no es una crítica de los funcionarios sino del sistema y de la ley que lo establece. Si el rector de la Universidad de Chile, por ejemplo, es jurista de profesión, o químico farmacéutico, nada lo obliga a ser un conocedor profundo y justiciero de la literatura nacional.
Con respecto a Isabel Allende, a quien he leído poco, observo una situación que me parece, por lo menos a primera vista, sospechosa: se diría que está excluida por principio de la competencia, y esto se podría explicar porque tiene demasiado éxito, porque llega a demasiados lectores, porque es conocida en todas partes, en Japón, en Finlandia, en Turquía, y porque su lectura, en algún sentido, es demasiado fácil. Pues bien, no creo que la facilidad deba excluir el examen serio de esta autora, así como no creo que la dificultad deba afectar la candidatura de Diamela Eltit. Tampoco creo, y esto podría irritar más a algunos de los críticos y criticones ambientales, que la diferencia entre poetas y prosistas tenga mayor sentido. Se sostiene que este año le toca el premio a un narrador, pero la norma no está escrita en ninguna parte. Es un lugar común que no se sabe dónde se engendró. Vicente Huidobro, a quien no le dieron el premio porque andaba siempre lejos, en París o en lugares parecidos, era poeta, ensayista y novelista. De acuerdo con esta supuesta alternancia de géneros, el premio le tocaba siempre y me pregunto si por esa causa no se lo dieron nunca. Además, todos nuestros poetas mejores han sido prosistas. Casi no conozco excepciones a esta regla. Basta con citar a Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Enrique Lihn, Jorge Teillier. En desmedro de los narradores, agrego que más de alguno intentó ser poeta y fracasó en el intento. En consecuencia, suspendo mi juicio acerca del Premio Nacional, y agrego una o dos nociones personales. Detesto la exclusión, y en virtud de este principio, o de esta preferencia, si quieren ustedes, no estoy de acuerdo con el veto a priori de Isabel Allende. ¿Es una vulgar escribidora de best sellers? Examinemos el tema con un poco de atención, sin prejuicios, sin que el odio tan criollo al éxito nos perturbe. Cuando leí su primera novela, La casa de los espíritus, toda la primera mitad me pareció excesiva y descaradamente garcíamarquiana, pero hacia el medio y en la segunda parte empecé a notar un tono criollista, reminiscente de escritores como Luis Durand, Fernando Santiván, Eduardo Barrios, y eso no me disgustó. Nunca pensé que la novela estuviera escrita con la única intención de escribir un best seller.
Un crítico escribe ahora que premiarla sería como darles un premio a las hamburguesas en un concurso de gastronomía. Leo esa frase y pienso, como pensaba el poeta y brillante prosista mexicano Octavio Paz, que siempre es necesario hacer la crítica de la crítica. He enseñado durante diversos semestres en universidades diferentes de los Estados Unidos y he aprendido a respetar la ciencia de las hamburguesas. Una ensayista y profesora francesa, discípula de Jacques Derrida, notable teórica de la literatura, gastrónoma refinada, me enseñó en la Universidad de Chicago lo que era una hamburguesa y cómo había que comerla. Era, según ella, un modelo para armar, algo así como un libro donde el lector hace parte de la escritura. Cuidado, entonces, con las humildes hamburguesas. El principio erasmiano del libre examen nos obliga a proceder con más calma, con menos apasionamiento.
Por lo demás, como no estoy sometido en el interior de estas columnas a la tiranía de los entrevistadores, me permito agregar otra noción. Si tuviera que votar hoy, con mi conocimiento insuficiente de Diamela Eltit, con mi relativa ignorancia de Isabel Allende, sin darme el trabajo de robarle horas al sueño para probar otras hierbas literarias, medicinales o tóxicas, me parece que votaría por Oscar Hahn. Es uno de los autores más originales del presente literario chileno. La razón para mí es clara: usa los moldes clásicos, que conoce a la perfección, que domina con la más notable soltura, para introducir contenidos cotidianos, perfectamente contemporáneos, escritos con el habla con que cada persona suele hablar con su vecino. Es una forma irónica de escribir poesía, algo burlona, y que contradice una manía nuestra de hoy y de antes: la del vanguardismo como sistema, como academia, y que termina por erigirse en otra forma de exclusión. Esa síntesis de métrica tradicional, rigurosa, y de discurso interno abierto, es un fenómeno que me interesa más que otros, para decir lo menos.
Exclusiones
En la mayoría de las entrevistas, las respuestas de los entrevistados son interpretaciones libres de los entrevistadores. En los mejores casos, son aproximadas. En los peores, dicen exactamente lo contrario de lo que el entrevistado quiso decir. Cada dos años, hacia estas fechas, los miembros de la difícil y más bien ingrata profesión literaria reciben peticiones variadas de entrevistas sobre el Premio Nacional de Literatura. Contesto lo que puedo, trato de dar una opinión personal, honesta, y cosecho irritaciones, molestias, susceptibilidades heridas, además de uno que otro elogio infundado. Si fuera miembro del jurado que otorgará el premio próximo, abandonaría mis lecturas actuales, que son, precisamente, inactuales, y me pondría a releer, a leer, a tomar notas. Ser escritor nacido en Chile no significa ser especialista en literatura chilena. No soy especialista en nada, y he sido lector constante de los libros más diversos de este mundo. Anoche, por ejemplo, lápiz en mano, leía un diálogo apasionante, agudo, lleno de humor y de crítica ácida: Julio II excluido del Reino de los Cielos. Fue escrito por Erasmo de Rotterdam en las primeras décadas del siglo XVI y es uno de los textos centrales, uno de los clásicos, de la reforma protestante en Europa. Por ahí comenzaba el libre examen, que debería ser una de las normas de cualquier ejercicio de la crítica, literaria o no literaria. Desde luego, una obra de Erasmo no tiene ni podría tener la más mínima relación con nuestros premios de letras o nuestros fondos concursables.
Pues bien, si me pidieran que diera mi voto en el ambicionado Premio Nacional próximo, comenzaría por hacer lo siguiente: releer a fondo, lápiz en mano, la poesía de Oscar Hahn; leer la obra de Isabel Allende, que conozco bastante mal; releer y leer las novelas, que conozco a medias, de Diamela Eltit, entre muchas otras lecturas. Sería un trabajo largo, duro, que me obligaría a privarme de muchas horas de sueño. Pero, claro está, este premio tan codiciado se otorga por un conjunto de funcionarios que llegan corriendo a la reunión, que han escuchado hablar de algunos autores, que han leído algunas de sus páginas, sobre todo en el fin de semana de la víspera, y que cumplen con su encargo en forma inevitablemente apresurada. La voz del premiado anterior tiene bastante peso, ya que suele ser la única persona que tiene conocimientos reales de la materia. Lo cual no es una crítica de los funcionarios sino del sistema y de la ley que lo establece. Si el rector de la Universidad de Chile, por ejemplo, es jurista de profesión, o químico farmacéutico, nada lo obliga a ser un conocedor profundo y justiciero de la literatura nacional.
Con respecto a Isabel Allende, a quien he leído poco, observo una situación que me parece, por lo menos a primera vista, sospechosa: se diría que está excluida por principio de la competencia, y esto se podría explicar porque tiene demasiado éxito, porque llega a demasiados lectores, porque es conocida en todas partes, en Japón, en Finlandia, en Turquía, y porque su lectura, en algún sentido, es demasiado fácil. Pues bien, no creo que la facilidad deba excluir el examen serio de esta autora, así como no creo que la dificultad deba afectar la candidatura de Diamela Eltit. Tampoco creo, y esto podría irritar más a algunos de los críticos y criticones ambientales, que la diferencia entre poetas y prosistas tenga mayor sentido. Se sostiene que este año le toca el premio a un narrador, pero la norma no está escrita en ninguna parte. Es un lugar común que no se sabe dónde se engendró. Vicente Huidobro, a quien no le dieron el premio porque andaba siempre lejos, en París o en lugares parecidos, era poeta, ensayista y novelista. De acuerdo con esta supuesta alternancia de géneros, el premio le tocaba siempre y me pregunto si por esa causa no se lo dieron nunca. Además, todos nuestros poetas mejores han sido prosistas. Casi no conozco excepciones a esta regla. Basta con citar a Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Enrique Lihn, Jorge Teillier. En desmedro de los narradores, agrego que más de alguno intentó ser poeta y fracasó en el intento. En consecuencia, suspendo mi juicio acerca del Premio Nacional, y agrego una o dos nociones personales. Detesto la exclusión, y en virtud de este principio, o de esta preferencia, si quieren ustedes, no estoy de acuerdo con el veto a priori de Isabel Allende. ¿Es una vulgar escribidora de best sellers? Examinemos el tema con un poco de atención, sin prejuicios, sin que el odio tan criollo al éxito nos perturbe. Cuando leí su primera novela, La casa de los espíritus, toda la primera mitad me pareció excesiva y descaradamente garcíamarquiana, pero hacia el medio y en la segunda parte empecé a notar un tono criollista, reminiscente de escritores como Luis Durand, Fernando Santiván, Eduardo Barrios, y eso no me disgustó. Nunca pensé que la novela estuviera escrita con la única intención de escribir un best seller.
Un crítico escribe ahora que premiarla sería como darles un premio a las hamburguesas en un concurso de gastronomía. Leo esa frase y pienso, como pensaba el poeta y brillante prosista mexicano Octavio Paz, que siempre es necesario hacer la crítica de la crítica. He enseñado durante diversos semestres en universidades diferentes de los Estados Unidos y he aprendido a respetar la ciencia de las hamburguesas. Una ensayista y profesora francesa, discípula de Jacques Derrida, notable teórica de la literatura, gastrónoma refinada, me enseñó en la Universidad de Chicago lo que era una hamburguesa y cómo había que comerla. Era, según ella, un modelo para armar, algo así como un libro donde el lector hace parte de la escritura. Cuidado, entonces, con las humildes hamburguesas. El principio erasmiano del libre examen nos obliga a proceder con más calma, con menos apasionamiento.
Por lo demás, como no estoy sometido en el interior de estas columnas a la tiranía de los entrevistadores, me permito agregar otra noción. Si tuviera que votar hoy, con mi conocimiento insuficiente de Diamela Eltit, con mi relativa ignorancia de Isabel Allende, sin darme el trabajo de robarle horas al sueño para probar otras hierbas literarias, medicinales o tóxicas, me parece que votaría por Oscar Hahn. Es uno de los autores más originales del presente literario chileno. La razón para mí es clara: usa los moldes clásicos, que conoce a la perfección, que domina con la más notable soltura, para introducir contenidos cotidianos, perfectamente contemporáneos, escritos con el habla con que cada persona suele hablar con su vecino. Es una forma irónica de escribir poesía, algo burlona, y que contradice una manía nuestra de hoy y de antes: la del vanguardismo como sistema, como academia, y que termina por erigirse en otra forma de exclusión. Esa síntesis de métrica tradicional, rigurosa, y de discurso interno abierto, es un fenómeno que me interesa más que otros, para decir lo menos.
Pues bien, si me pidieran que diera mi voto en el ambicionado Premio Nacional próximo, comenzaría por hacer lo siguiente: releer a fondo, lápiz en mano, la poesía de Oscar Hahn; leer la obra de Isabel Allende, que conozco bastante mal; releer y leer las novelas, que conozco a medias, de Diamela Eltit, entre muchas otras lecturas. Sería un trabajo largo, duro, que me obligaría a privarme de muchas horas de sueño. Pero, claro está, este premio tan codiciado se otorga por un conjunto de funcionarios que llegan corriendo a la reunión, que han escuchado hablar de algunos autores, que han leído algunas de sus páginas, sobre todo en el fin de semana de la víspera, y que cumplen con su encargo en forma inevitablemente apresurada. La voz del premiado anterior tiene bastante peso, ya que suele ser la única persona que tiene conocimientos reales de la materia. Lo cual no es una crítica de los funcionarios sino del sistema y de la ley que lo establece. Si el rector de la Universidad de Chile, por ejemplo, es jurista de profesión, o químico farmacéutico, nada lo obliga a ser un conocedor profundo y justiciero de la literatura nacional.
Con respecto a Isabel Allende, a quien he leído poco, observo una situación que me parece, por lo menos a primera vista, sospechosa: se diría que está excluida por principio de la competencia, y esto se podría explicar porque tiene demasiado éxito, porque llega a demasiados lectores, porque es conocida en todas partes, en Japón, en Finlandia, en Turquía, y porque su lectura, en algún sentido, es demasiado fácil. Pues bien, no creo que la facilidad deba excluir el examen serio de esta autora, así como no creo que la dificultad deba afectar la candidatura de Diamela Eltit. Tampoco creo, y esto podría irritar más a algunos de los críticos y criticones ambientales, que la diferencia entre poetas y prosistas tenga mayor sentido. Se sostiene que este año le toca el premio a un narrador, pero la norma no está escrita en ninguna parte. Es un lugar común que no se sabe dónde se engendró. Vicente Huidobro, a quien no le dieron el premio porque andaba siempre lejos, en París o en lugares parecidos, era poeta, ensayista y novelista. De acuerdo con esta supuesta alternancia de géneros, el premio le tocaba siempre y me pregunto si por esa causa no se lo dieron nunca. Además, todos nuestros poetas mejores han sido prosistas. Casi no conozco excepciones a esta regla. Basta con citar a Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Enrique Lihn, Jorge Teillier. En desmedro de los narradores, agrego que más de alguno intentó ser poeta y fracasó en el intento. En consecuencia, suspendo mi juicio acerca del Premio Nacional, y agrego una o dos nociones personales. Detesto la exclusión, y en virtud de este principio, o de esta preferencia, si quieren ustedes, no estoy de acuerdo con el veto a priori de Isabel Allende. ¿Es una vulgar escribidora de best sellers? Examinemos el tema con un poco de atención, sin prejuicios, sin que el odio tan criollo al éxito nos perturbe. Cuando leí su primera novela, La casa de los espíritus, toda la primera mitad me pareció excesiva y descaradamente garcíamarquiana, pero hacia el medio y en la segunda parte empecé a notar un tono criollista, reminiscente de escritores como Luis Durand, Fernando Santiván, Eduardo Barrios, y eso no me disgustó. Nunca pensé que la novela estuviera escrita con la única intención de escribir un best seller.
Un crítico escribe ahora que premiarla sería como darles un premio a las hamburguesas en un concurso de gastronomía. Leo esa frase y pienso, como pensaba el poeta y brillante prosista mexicano Octavio Paz, que siempre es necesario hacer la crítica de la crítica. He enseñado durante diversos semestres en universidades diferentes de los Estados Unidos y he aprendido a respetar la ciencia de las hamburguesas. Una ensayista y profesora francesa, discípula de Jacques Derrida, notable teórica de la literatura, gastrónoma refinada, me enseñó en la Universidad de Chicago lo que era una hamburguesa y cómo había que comerla. Era, según ella, un modelo para armar, algo así como un libro donde el lector hace parte de la escritura. Cuidado, entonces, con las humildes hamburguesas. El principio erasmiano del libre examen nos obliga a proceder con más calma, con menos apasionamiento.
Por lo demás, como no estoy sometido en el interior de estas columnas a la tiranía de los entrevistadores, me permito agregar otra noción. Si tuviera que votar hoy, con mi conocimiento insuficiente de Diamela Eltit, con mi relativa ignorancia de Isabel Allende, sin darme el trabajo de robarle horas al sueño para probar otras hierbas literarias, medicinales o tóxicas, me parece que votaría por Oscar Hahn. Es uno de los autores más originales del presente literario chileno. La razón para mí es clara: usa los moldes clásicos, que conoce a la perfección, que domina con la más notable soltura, para introducir contenidos cotidianos, perfectamente contemporáneos, escritos con el habla con que cada persona suele hablar con su vecino. Es una forma irónica de escribir poesía, algo burlona, y que contradice una manía nuestra de hoy y de antes: la del vanguardismo como sistema, como academia, y que termina por erigirse en otra forma de exclusión. Esa síntesis de métrica tradicional, rigurosa, y de discurso interno abierto, es un fenómeno que me interesa más que otros, para decir lo menos.
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